Por: Jhorman Montezuma
En Nariño, la política suele llegar con etiquetas. Esta semana, mientras unos se identifican como “palomitas” y otros como “abelarditas”, el debate se instaló en la frontera con discursos de poder, promesas de diálogo y anuncios que, como tantas veces, suenan bien… pero no necesariamente se traducen en soluciones.
Ambos sectores se disputan quién tiene mayor influencia en el departamento. Se muestran cercanos a liderazgos nacionales, proyectan gobernabilidad y prometen que, una vez en la Presidencia, abrirán espacios reales de concertación para el sur del país. El libreto no es nuevo: visitas estratégicas, encuentros con comunidades y compromisos que parecen responder más al calendario electoral que a una agenda sostenida de trabajo.
El problema no es el discurso, es la memoria. Nariño ha escuchado promesas similares en el pasado. Se habla de inversión, de presencia del Estado, de atención a la frontera, pero en la práctica muchas de esas iniciativas no logran consolidarse. El departamento sigue esperando respuestas estructurales en temas clave como infraestructura, seguridad, empleo y conectividad.
La referencia más reciente que ronda en la conversación pública es la del gobierno de Gustavo Petro. Durante su campaña, el sur fue escenario de múltiples anuncios y expectativas. Sin embargo, para muchos sectores en Nariño, varias de esas promesas aún no se sienten en el territorio con la fuerza esperada. La percepción de ausencia o de lentitud en la ejecución sigue alimentando el escepticismo ciudadano.
Hoy, cuando nuevos liderazgos aparecen en escena prometiendo diálogo desde la frontera, la pregunta es inevitable: ¿será diferente esta vez? ¿O estamos frente a otra narrativa que se diluirá una vez pasen las elecciones?
Nariño no necesita más etiquetas políticas ni disputas de poder simbólico. Necesita resultados. Necesita que las promesas se conviertan en obras, que los anuncios se transformen en políticas públicas y que la presencia del Estado sea constante, no episódica.
La ciudadanía ya no se conforma con discursos. Observa, compara y recuerda. Sabe quién llegó, quién prometió y quién no volvió. Y en esa memoria colectiva se construye también el voto.
El verdadero poder no está en quién lidera una corriente política o en quién se impone en la narrativa. Está en la capacidad de cumplirle a la gente. Y en Nariño, esa deuda sigue abierta.
Porque al final, más allá de “palomitas” o “abelarditas”, lo que está en juego no es una disputa de nombres. Es el futuro de un departamento que sigue esperando que las promesas, por fin, crucen la frontera y se queden.

