Voto por descarte gana terreno al sur de Nariño

En medio de la polarización política que atraviesa Colombia, una pregunta cobra fuerza de cara a las próximas decisiones electorales: ¿los ciudadanos votan por convicción o simplemente para evitar una opción que consideran peor?
Esta reflexión es planteada por el analista y columnista Eduardo David Chalapud Narváez en su columna “Elegir por descarte”, donde analiza el comportamiento de un electorado enfrentado a posiciones políticas cada vez más distantes.
El denominado voto por descarte ocurre cuando una persona no se siente plenamente representada por el candidato que apoya, pero termina eligiéndolo porque considera que las demás alternativas podrían resultar menos convenientes para el país.
Convicciones
Esta decisión no necesariamente refleja indiferencia política. En muchos casos, responde a una valoración de las opciones disponibles y a la intención de evitar escenarios que el elector considera perjudiciales.
El temor hacia un candidato, el rechazo a determinado sector político o la percepción de riesgo pueden pesar tanto como las propuestas de gobierno al momento de votar.
Así, la pregunta deja de ser únicamente quién representa las propias ideas y pasa a convertirse en quién podría generar menos consecuencias negativas. Para Chalapud Narváez, este fenómeno también evidencia las dificultades de una ciudadanía que busca alternativas en medio de una fuerte confrontación política. Los debates públicos suelen concentrarse en dos grandes bloques, mientras una parte del electorado no encuentra una identificación plena con ninguno de ellos.
Polarización
Las redes sociales y los discursos de campaña pueden profundizar esta división al convertir al adversario político en una amenaza, antes que en un contradictor dentro de la democracia.
Como consecuencia, algunos ciudadanos terminan votando más en contra de un candidato que a favor de un proyecto político. A esto se suma el desgaste de la confianza en los partidos y sus dirigentes, producto de alianzas cambiantes, disputas internas y promesas que no siempre coinciden con las decisiones de gobierno.
Este panorama obliga a los candidatos a enfrentar un desafío adicional: recuperar la confianza de un electorado cada vez más crítico y menos dispuesto a entregar su respaldo de manera automática. La discusión también plantea una pregunta sobre el tipo de democracia que se está construyendo a partir de las decisiones ciudadanas.
Votar por descarte puede ser una decisión legítima, pero cuando se convierte en una práctica recurrente puede revelar una crisis de representación política.
Se trata de ciudadanos que no encuentran una alternativa capaz de interpretar plenamente sus preocupaciones, expectativas y necesidades. Por ello, el reto para los partidos y candidatos no debería limitarse a demostrar que una opción es mejor que otra.
El verdadero desafío consiste en construir propuestas capaces de generar respaldo por sus principios, resultados, ideas y capacidad de representar a una sociedad diversa. La columna “Elegir por descarte” invita así a reflexionar sobre el sentido del voto más allá de la confrontación electoral.
En una democracia, elegir no debería significar únicamente evitar al candidato considerado peor, sino encontrar una opción que genere confianza y presente un proyecto de país convincente. La pregunta queda abierta para los ciudadanos: cuando llegue el momento de marcar el tarjetón, ¿votarán convencidos de quién quieren que gobierne o simplemente de quién no quieren que llegue al poder?

Eduardo David Chalapud, columnista.

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