El fútbol de barrio

El fútbol es un deporte de multitudes, el cual se practica desde los barrios, pasando por potreros y canchas, llegando hasta los estadios.

Manuel Antonio Rosero.

Por: Manuel Antonio Rosero Trejo

El fútbol es un deporte de multitudes, el cual se practica desde las calles de los barrios, pasando por los potreros, canchas, llegando hasta los más sofisticados estadios en todo el mundo.

Pero ahora me enfoco en los partidos de barrio, de potrero, de calle, el cual tiene unas reglas, que creo con el pasar del tiempo no han pasado de moda.

Existen normas, y creo que todavía se toman en cuenta y que son más que inmodificables, en primer lugar, el menos apto físicamente siempre será el portero del equipo, el partido se acaba cuando todos los jugadores estén cansados o en su defecto si el encuentro tiene un marcador de 10-0, por ejemplo, el partido terminará con la célebre frase de “el que mete el gol gana”.

Se jugaba sin árbitro, o sea que si una falta era muy clara o alguien sale llorando solo en ese caso se pitaba la infracción, además se jugaba sin el llamado fuera de lugar, por lo que en el frente de ataque existían los llamados “güeveros”, jugadores que siempre esperaban la oportunidad de anotar sin tener defensores cerca.

En las faltas directas la barrera siempre estará bastante cerca del balón o sea que en muchas ocasiones no se respetaba la distancia y los defensas estaban dispuestos a recibir un duro golpe del balón. Por supuesto el partido se detenía cuando había invasión del campo por parte de una persona mayor o una madre con su bebé, además si había un penal se podía cambiar el portero, colocando al mejor en este puesto.

El escenario de estas épicas confrontaciones tenía unas porterías marcadas con dos piedras o dos chaquetas, las cuales se medían con los pies y por supuesto siempre había un equipo que tenía la portería más pequeña.

Por otra parte, era importante que el dueño del balón no se enojara, ya que si se presentaba esta situación se llevaba el esférico y por consiguiente se acababa el partido, además debería estar en el equipo mejor conformado y en esta instancia había una norma que decía que los dos mejores jugadores del barrio no podían estar en el mismo equipo.

En cuanto a la conformación de los conjuntos en disputa, como se dijo anteriormente, los mejores no podían quedar en el mismo equipo, por lo que se formaban la consabidas ‘cotejas’, o sea jugadores que tenían el mismo nivel como una forma de equilibrar el encuentro. En ese orden de ideas el ser el último en ser elegido, era una gran humillación.

Como siempre, había un vecino que no dejaba jugar y siempre amenazaba con quitar el balón, ya sea por el alboroto de cada una de las finales que se jugaba, como por la cantidad de vidrios rotos en cada juego.

Y finalmente, eran partidos en donde el tiempo era lo de menos, se jugaban encuentros interminables que solo eran terminados por la caída de la noche, como se dice por ahí, “éramos felices y no lo sabíamos”.

Compartir en