Colombia está atravesando por difíciles momentos de incertidumbre social, de una incesante violencia, de una crítica situación económica y de una delicada salud, sin embargo, muchos toman esta realidad como si se tratara de un chiste o de una broma sin consecuencia alguna.
Sobre estos temas en los que la dirigencia política actual trata de apaciguar la preocupación comunitaria con términos modernos o sofisticados, la realidad que se vive en el departamento de Nariño y desde luego en el resto de Colombia es preocupante.
Quienes en el marco de nuestra profesión como comunicadores sociales y periodistas hemos vivido en territorios muy golpeados por la violencia, en los que aún predomina el accionar de los grupos armados ilegales y que además hemos sido víctimas de sus hechos criminales, podemos dar fe de la triste realidad que actualmente se vive en nuestra nación.
Y es que nuestra región y sobretodo nuestra realidad no ha sido ajena a la de otras naciones. Lo más ‘gracioso’ de todo este compendio de desaciertos sociales es que ha sido representado de mil maneras para que la gente comprenda lo desastroso que es el mal llamado comunismo, pero no entiende.
Sin embargo, el humor ha sido una buena herramienta para que la sociedad colombiana abra los ojos y comprenda lo absurdo que es el autodenominado ‘progresismo’, comunismo o socialismo. Comparto con ustedes la genialidad del humor internacional para que entiendan que el populismo radica en su máxima capacidad para pulverizar a los dogmas más dignos de una sociedad.
Mario Moreno ampliamente conocido como ‘Cantinflas’, el mimo más universal de la cultura hispana, no necesitó escribir un tratado de economía para retratar la tragedia del colectivismo de izquierda.
Con su agudeza característica, desnudó la gran estafa del igualitarismo socialista: el comunismo es el sistema donde todos tienen la misma cantidad de nada. Detrás de la pomposa retórica de la ‘redistribución de la riqueza’ y la justicia social, el marxismo jamás logra nivelar hacia arriba; su único resultado real e histórico es la democratización absoluta de la miseria.
El diseño económico de la izquierda parte de un error fatal: creer que la riqueza es un pastel estático que el Estado debe repartir a la fuerza. Al abolir la propiedad privada, perseguir el libre mercado y asfixiar el incentivo del lucro a través de la planificación central, el comunismo destruye la maquinaria misma que genera los bienes y servicios.
Sin libertad de empresa, la producción se desploma, el desabastecimiento se vuelve crónico y las tiendas quedan vacías. Al final del camino, la tan prometida ‘igualdad social’ se cumple de forma tétrica: toda la población salvo la privilegiada casta de burócratas del partido político de turno, queda hermanada en la más absoluta escasez.
Como bien recordaba Cantinflas desde el sentido común, el verdadero progreso de los pueblos no se logra destruyendo la riqueza.
A su vez, la filósofa Ayn Rand deja claro con una crudeza sumamente necesaria que el socialismo, el comunismo o ‘progresismo’ comparten exactamente la misma raíz: la anulación total del individuo frente al poder absoluto del Estado.
Es decir que mientras uno asfixia las libertades lentamente bajo un disfraz de ‘bienestar’, el otro ejecuta el control totalitario con puño de hierro.
La historia no miente y los millones de vidas silenciadas por estas ideologías de izquierda son la prueba irrefutable de su fracaso absoluto. Cuba está en crisis y ahora sus habitantes busca salir del socialismo.
La supuesta utopía colectivista siempre termina de la misma manera: en miseria, opresión, hambre y persecución para todo aquel que se atreva a pensar diferente.
Defender la libertad económica, la propiedad privada y la soberanía individual no es una opción, es un deber moral para que el pasado no se repita.



