La caída de Sandra Ortiz representa, para muchos analistas, el fracaso de una forma de hacer política que prometió cambio pero terminó mimetizada en prácticas de corrupción estructural. El juicio oral que se avecina contra la exconsejera para las Regiones promete revelar el fondo de una operación de corrupción que involucra el desvío de recursos destinados a emergencias nacionales para fines políticos y personales.
El núcleo del caso radica en la presunta entrega de sobornos para agilizar las reformas del Gobierno. La Fiscalía sostiene que Ortiz actuó como intermediaria, moviendo maletas cargadas de efectivo proveniente de contratos irregulares de la UNGRD. Esta red, según las declaraciones de los exdirectivos de la entidad, Olmedo López y Sneyder Pinilla, vincula directamente a Ortiz con la cúpula del poder legislativo de la época, creando un puente ilícito entre el Ejecutivo y el Congreso.
Mientras Sandra Ortiz insiste en su inocencia y denuncia una persecución política, el proceso avanza como el eslabón necesario para completar el rompecabezas del saqueo a la Unidad de Gestión del Riesgo. El país aguarda un ejercicio de verdad donde se aclare el rol de cada implicado, especialmente tras la captura de otros altos exfuncionarios. El estrado será ahora el único lugar donde la exconsejera podrá defenderse de las graves acusaciones de lavado de activos que hoy la tienen a las puertas de una condena histórica.




