POR JORGE HERNANDO CARVAJAL PÉREZ
Por estos días he tenido que cambiar de ruta, modificar horarios y, en más de una ocasión, esconderme casi como un fugitivo para evitar pasar por la Plaza de Nariño. ¿La razón? Una avalancha de colegas periodistas, amigos, conocidos y hasta desconocidos que, con una mezcla de curiosidad y fe ciega, creen que por mi condición de periodista político tengo una especie de don adivinatorio, posiblemente contagiado por mi esposa Cristina, quien es de Funes, sobre quién va a ganar las próximas elecciones presidenciales en Colombia. Nada más lejos de la realidad.
La verdad, y lo digo sin rodeos, es que estoy hasta la coronilla. Cansado de analizar discursos, de escudriñar encuestas, de interpretar silencios y de intentar descifrar lo que ni los propios candidatos tienen claro. He pasado horas —demasiadas— revisando cada movimiento de Iván Cepeda, tratando de entender las jugadas de Abelardo de la Espriella, siguiendo el ascenso de la joven Paloma Valencia, desmenuzando las propuestas de Sergio Fajardo y repasando cada intervención de la exalcaldesa de Bogotá, Claudia López. Y, sin embargo, sigo sin entender muchas cosas.
Por ejemplo, alguien que me explique —con calma y sin tecnicismos— cómo es posible que candidatos como Roy Barreras aparezcan en las encuestas con un 0,01 por ciento. Porque, siendo justos, su arranque no fue menor. Uno ve ciertos números y no sabe si reír, llorar o sospechar que el opinometro nacional funciona con pilas descargadas.
Y ahí es donde viene mi confesión pública: tengo dañado el opinometro. Sí, así como lo oyen. Ese aparato imaginario que muchos creen que uno lleva incorporado por ejercer el periodismo político simplemente dejó de funcionar. Ya no marca tendencias, no predice resultados, no lanza veredictos. Está en silencio, en huelga o quizá en legítima defensa propia después de tanto abuso.
Porque si algo he aprendido en este oficio es que la política colombiana tiene la mala costumbre de desmentir a los expertos, ridiculizar las certezas y sorprender incluso a los más curtidos. Y en ese escenario, pretender que uno tenga respuestas definitivas es, cuando menos, ingenuo.
Por eso aprovecho este espacio para hacer un anuncio oficial: mi opinometro político está fuera de servicio hasta nuevo aviso. No doy pronósticos, no acepto apuestas y, mucho menos, garantizo resultados.
A ver si así logro volver a caminar tranquilo por la plaza, sin que me rodeen como si fuera una estrella de cine… o, peor aún, como si fuera el nuevo inquilino de la Casa de los Famosos. Lo preocupante es que todavía faltan 55 días para las elecciones…



