¿Soberanía de Dios o del dinero?

En todos los tiempos y lugares ha existido y hoy en día aún más, un conflicto constante entre la soberanía de Dios y la soberanía del dinero.
Padre Narciso

Por: P. NARCISO OBANDO

En todos los tiempos y lugares ha existido y hoy en día aún más, un conflicto constante entre la soberanía de Dios y la soberanía del dinero. Lo grave es que se considere al dinero como absoluto y nos convierta en súbditos: No el dinero para el ser humano, sino el ser humano para el dinero. Esto conlleva un gran desorden y un gran disparate.

La riqueza en sí, aunque sea sobreabundante, no es el absoluto; el ser humano puede cometer el gravísimo error de darle esa categoría de “dios”, llevándolo al nivel de ídolo. Dios debe ser su única y preponderante riqueza.

La riqueza puede atrapar el corazón humano y quedar fascinado de lo efímero. Tener el corazón de pobre conlleva a tener el corazón libre. Las riquezas suscitan la codicia y la maldad.

Acumular riquezas de modo egoísta, deshumaniza a la persona y la aleja de Dios; la riqueza le va exigiendo sumisión absoluta. Por eso es imposible servir a Dios y al dinero.

La pena principal es depositar la seguridad y la felicidad en los bienes materiales; creemos, a veces, que el dinero da la felicidad y corremos el riesgo de perderlo irremediablemente. Se es esclavo de las cosas que le impiden esa plena felicidad, del corazón y del alma.

El dinero en sí no es injusto, pero puede cegar al ser humano por el egoísmo y en los procedimientos injustos e inmorales para adquirirlo.

La doctrina social católica ha sostenido siempre que la distribución equitativa de los bienes es prioritaria. El lucro es naturalmente legítimo y en una medida justa, necesario para el desarrollo económico.

Los bienes materiales se han de considerar dones de Dios; pero es necesario estar alerta sobre las injusticias, sobre el endurecimiento del corazón y el peligro nefasto de la “idolatría”. Dios no ama la pobreza injusta que es impuesta; la miseria es un insulto a la dignidad de los hijos de Dios y a Dios mismo, quien nos ofreció a todos los humanos los bienes de la Creación.

No se puede justificar el capitalismo salvaje ni el comunismo impuesto. Es necesario salvaguardar la dignidad individual de la persona y la comunidad de personas, a las cuales se orientan los bienes comunes. Tampoco es admisible la pereza. Por supuesto es necesario crear instituciones para ayudar a los más vulnerables, como pobres, enfermos, migrantes y ancianos, sobre cualquier obra faraónica que comporta omisiones y lesiones humanas gravísimas. Como principio fundamental se debe considerar a la persona humana superior a las cosas.

Cristo, siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza; es decir, nos ha enriquecido con su amor de entrega total, porque solo así poseeremos su “riqueza” que le corresponde como Hijo del Padre, pues comparte su ser divino de Hijo con nosotros. Si se tiene la conciencia de ser hijo de Dios Padre, entonces se debe considerar a los demás como hermanos y, por tanto, estar abiertos a la solidaridad.

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