En la ciudad de Pasto el frío no solo baja de las montañas. También enseña cosas.
Enseña a madrugar, a caminar con paciencia y a entender que en esta tierra las personas no presumen lo que son: lo demuestran trabajando.
De esas calles de neblina, de ese ritmo tranquilo con el que se aprende a vivir en el sur del país, nació la historia de Santiago Narváez de los Ríos.
Hoy su nombre empieza a escucharse en escenarios nacionales, en medio de conversaciones sobre quién podría dirigir la Contraloría General de la República, la institución encargada de cuidar los recursos que pertenecen a todos los colombianos.
Pero las historias humanas nunca empiezan en los cargos.
Empiezan en casa.
Antes de los libros de derecho, de los concursos públicos o de las entrevistas ante el Congreso, hubo una mujer que marcó su camino.
Su madre trabajó durante años como secretaria en EMPOPASTO S.A. E.S.P..
Desde ese escritorio, entre documentos, madrugadas y días largos de trabajo, le enseñó algo que no se aprende en las universidades: que la dignidad está en cumplir.
No con discursos.
Con constancia.
Hoy ella ya está pensionada, pero sigue siendo para él una especie de brújula silenciosa.
La persona que le enseñó que el servicio público no es una oportunidad de poder… sino una responsabilidad con los demás.
El muchacho que prefería entender el país
Mientras muchos jóvenes soñaban con irse lejos o buscar caminos rápidos, Santiago tomó una ruta distinta: quiso entender cómo funciona el Estado.
Estudió Derecho en la Universidad Santo Tomás, luego profundizó en derecho constitucional y contratación estatal en la Universidad Externado de Colombia.
Con el tiempo llegaron más estudios, especializaciones y experiencias académicas que lo llevaron incluso a universidades europeas.
Pero quienes lo conocen dicen que, más allá de los títulos, hay algo que nunca cambió: sigue siendo el mismo pastuso tranquilo que piensa antes de hablar y que prefiere explicar antes que imponer.
El oficio de cuidar lo que es de todos
Su vida profesional ha girado alrededor de una pregunta sencilla pero profunda: ¿Quién cuida los recursos públicos?
Por eso su trabajo ha estado ligado a instituciones donde esa pregunta se vuelve urgente: la Auditoría General de la República, la Contraloría General de la República, el Ministerio del Interior de Colombia, y espacios técnicos como la Comisión de Regulación de Comunicaciones.
Hoy ejerce como relator del Tribunal Administrativo del Putumayo, un lugar donde el derecho deja de ser teoría para convertirse en decisiones que afectan la vida real de las instituciones.
Pero quienes realmente conocen a Santiago dicen que su mayor motivación no está en los cargos.
Está en casa.
Allí lo espera su hija de cinco años, la persona que le recuerda cada día por qué vale la pena trabajar por un país más justo.
Porque cuando uno tiene hijos, las decisiones dejan de ser abstractas.
Se vuelven preguntas íntimas.¿Qué país quiero que ella herede?
Cuando se abrió el proceso, 260 aspirantes levantaron la mano. Profesionales de distintos rincones del país, algunos con largas trayectorias políticas, otros con hojas de vida robustas y nombres conocidos en ciertos círculos de poder. El camino no era fácil.Primero llegó el examen.
Después la revisión minuciosa de cada hoja de vida.Y poco a poco, la lista comenzó a reducirse.
De los 260 quedaron solo 30. Luego, tras la valoración final de los perfiles, su nombre apareció en el puesto 18.No fue un golpe de suerte.
Fue el resultado de años de preparación silenciosa. Quienes lo conocen dicen que nunca ha sido un hombre de protagonismos políticos. No suele aparecer en los escenarios donde se reparten favores ni en las mesas donde se negocian respaldos. Su terreno siempre ha sido otro: el trabajo, la preparación y la confianza en que las capacidades hablan por sí mismas.
Pero ahora el camino cambia.El 19 de mayo, frente a una Comisión Accidental integrada por la mesa directiva del Senado y la Cámara, deberá enfrentarse a la etapa más compleja: la entrevista. Un momento donde lo técnico empieza a mezclarse con lo político, donde las decisiones ya no dependen únicamente de un examen o de una hoja de vida. Él lo sabe.
Es consciente de que en este punto la competencia deja de ser únicamente académica. Sin embargo, también sabe algo que pocos pueden decir con tranquilidad: llegó hasta aquí por mérito propio.
Superó pruebas.
Superó filtros.
Y en el camino quedaron perfiles fuertes, incluso figuras con mayor recorrido político.
Por eso hoy camina con serenidad. Porque hay algo que no depende de cálculos ni de acuerdos: la certeza de que su nombre llegó a esa lista de finalistas por lo que ha construido con esfuerzo. Y en medio de tanta incertidumbre, esa tranquilidad pesa.
Quizás el resultado final aún esté por escribirse.
Pero pase lo que pase después del 19 de mayo, ya hay algo que nadie podrá quitarle: haber demostrado que, incluso en los escenarios más difíciles, el mérito todavía puede abrirse camino.
El pastuso que no olvida de dónde viene
A pesar de los estudios, de la experiencia institucional y de las conversaciones nacionales que empiezan a mencionarlo, Santiago sigue siendo profundamente lo que siempre ha sido: un hombre del sur.
Le gusta caminar entre montañas, acampar, respirar el aire frío de su tierra y montar bicicleta.
Quizá porque el ciclismo como el servicio público exige resistencia, equilibrio y paciencia.
Hoy su nombre aparece en una lista nacional entre cientos de aspirantes.
Un lugar al que llegó sin grandes maquinarias políticas, impulsado sobre todo por el estudio, la disciplina y el trabajo constante.
Y tal vez por eso su historia llama la atención.
Porque recuerda algo que a veces se olvida en el país:
que desde ciudades donde la gente aprende a caminar despacio, también pueden nacer los hombres encargados de cuidar lo que es de todos.
A veces, las historias que terminan tocando el destino de un país…
empiezan simplemente en una casa humilde, con una madre trabajadora y un hijo que aprendió que la honestidad no se proclama.
Se vive.


