En un Chocó que continúa reconstruyéndose después del terremoto del pasado 10 de agosto, cuidar la vida implica también reconocer los recursos, conocimientos y vínculos que las comunidades han construido en sus territorios. En este contexto, mujeres provenientes de diferentes municipios del departamento se reunieron nuevamente para compartir saberes cotidianos relacionados con las plantas, el viche, el cuidado de la piel, la producción de alimento para animales, el cultivo y otras prácticas de cuidado.
El encuentro, realizado en Quibdó, hace parte del proceso Cuidar la vida con saberes, desarrollado conjuntamente por la Defensoría del Pueblo y la Pontificia Universidad Javeriana, con la participación de la Red Departamental de Mujeres Chocoanas. Esta iniciativa busca fortalecer la salud mental desde una perspectiva comunitaria y territorial, reconociendo a las mujeres no solamente como destinatarias de acciones institucionales, sino también como portadoras de conocimientos, experiencias y capacidades construidas a lo largo de sus trayectorias de vida.
Durante la jornada, las participantes compartieron saberes provenientes de distintos territorios del Chocó: experiencias relacionadas con las plantas, la elaboración y el significado del viche, el cuidado de la piel, la preparación de alimento para la crianza de cerdos, el cultivo hidropónico y el uso de hierbas en prácticas de cuidado.
Más que presentar estos conocimientos como actividades aisladas, el espacio permitió reconocer que cada uno de ellos está situado en un territorio y forma parte de las maneras concretas en que las mujeres participan en la vida cotidiana de sus comunidades.
Uno de los propósitos centrales del encuentro fue que cada mujer pudiera presentar aquello que sabe desde su propia experiencia. La metodología buscó cambiar una lógica frecuente en las intervenciones institucionales: en lugar de convocar a las comunidades únicamente para recibir información o recomendaciones técnicas, se propuso un espacio en el que fueran las mujeres quienes enseñaran.
Esta decisión parte de reconocer que existen conocimientos que se construyen fuera de los escenarios académicos y profesionales, y que forman parte de las capacidades con las que las comunidades cuidan y sostienen la vida.
Los saberes compartidos provinieron de mujeres vinculadas con Lloró, Medio Atrato, Nuevo Belén de Bajirá, Unguía, Bellavista y Riosucio. Cada participación permitió acercarse a prácticas diferentes y, al mismo tiempo, reconocer que el territorio no es solamente el lugar donde estas mujeres viven, sino también el contexto en el que sus conocimientos adquieren significado.
El propósito del proyecto no es transformar estos saberes en recetas ni establecer cuáles son «correctos» desde una mirada externa. La apuesta es documentarlos, comprender qué significan para las mujeres que los poseen y explorar de qué manera dialogan con una concepción amplia del cuidado de la vida y de la salud mental.
El encuentro forma parte de una apuesta por ampliar la comprensión de la salud mental. Aunque el acceso oportuno y de calidad a servicios de salud es indispensable, cuidar la salud mental también implica reconocer las condiciones sociales, comunitarias y territoriales en las que transcurre la vida.
Por ello, el proceso no se organiza exclusivamente alrededor de síntomas, diagnósticos o riesgos. También pregunta por aquello que las mujeres saben hacer, por los recursos que reconocen en sí mismas y en sus comunidades, y por las prácticas que tienen valor en sus territorios.
Esta perspectiva permite desplazar una mirada centrada únicamente en las necesidades y dificultades hacia otra que reconoce, simultáneamente, las capacidades existentes. No se trata de desconocer las desigualdades, violencias o barreras que afectan la vida de muchas mujeres chocoanas, sino de evitar que esas condiciones sean la única manera de narrarlas.
Reconocer un saber significa reconocer también a quien lo porta. Durante el encuentro, cada participación permitió poner en primer plano conocimientos que hacen parte de la vida cotidiana y que, precisamente por esa cotidianidad, muchas veces no son nombrados como conocimiento.
La jornada incluyó también la actividad Brújula de la dignidad y la agencia, orientada a reflexionar sobre aquello que ayuda a las personas a ubicarse y tomar decisiones cuando atraviesan situaciones difíciles.
La actividad partió de una premisa fundamental: la dignidad es inherente a todas las personas. No depende de los ingresos, de los títulos, de la productividad, de la capacidad para resolver los problemas sin ayuda, ni de la valoración que otras personas hagan de ellas.
Al mismo tiempo, reconocer la dignidad como inherente no significa asumir que todas las personas cuentan con las mismas posibilidades para vivir dignamente. Las condiciones sociales, económicas, territoriales e institucionales pueden ampliar o restringir las alternativas disponibles.
Por ello, durante la actividad se trabajó la idea de agencia no como autosuficiencia ni como obligación de enfrentar individualmente las adversidades, sino como la posibilidad de participar en las decisiones que afectan la propia vida, reconocer recursos, construir apoyos, establecer límites, organizarse con otras personas y reclamar derechos cuando sea necesario.
La brújula permitió conectar esta reflexión con los saberes compartidos durante la jornada. Tener un conocimiento, poder enseñarlo y reconocer que ese conocimiento puede tener valor para otras personas constituye también una manera de reconocerse como sujeto capaz de participar y contribuir.
Uno de los elementos más significativos de esta fase del proceso ha sido transformar el lugar que ocupan las mujeres dentro del encuentro.
En lugar de ser únicamente receptoras de una intervención, las participantes se convierten en portadoras y productoras de conocimiento. El espacio se organiza para escucharlas, preguntarles, observar sus prácticas y reconocer que sus experiencias contienen aprendizajes que pueden contribuir a pensar otras formas de cuidado.
Este cambio también tiene implicaciones para el trabajo institucional en salud mental. Intervenir en los territorios no debería significar llegar únicamente con respuestas previamente elaboradas. También exige reconocer los conocimientos existentes, construir relaciones de confianza y desarrollar acciones con las comunidades, y no solamente para ellas.
Desde esta perspectiva, el diálogo de saberes no supone equiparar automáticamente todos los conocimientos ni sustituir la atención profesional cuando esta es necesaria. Supone crear condiciones para que los saberes territoriales puedan ser escuchados y para que las decisiones relacionadas con el bienestar de las comunidades se construyan con participación de quienes habitan los territorios.



