En términos del Diccionario de la Lengua Española, se entiende por “demagogia la degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder”.
En el mes de marzo del próximo año se llevarán a efecto las elecciones de congresistas. Y desde ya se comienza a observa a políticos de vieja data acudiendo a sus acostumbradas prácticas demagógicas para mantener su curul en el Congreso y seguir disfrutando de las mieles que concede el poder.
Si tenemos en cuenta que la democracia es un proceso continuo de cambio y renovación, mal haríamos en fincar los ideales, esperanzas y propósitos de búsqueda de una auténtica paz, con justicia social y equidad, en aquellas personas que se han encargado de sembrar con sus acciones de “falsos profetas” clientelismo, corrupción y un sinnúmero de ilusorias promesas que jamás han llegado a cumplirse para detrimento de los intereses del pueblo soberano.
Pero lo más indignante de todo es ver a los “falsos profetas” presentarse a través de cualquier medio como unos adalides de la justicia y la honradez, al punto de llegar a considerarse muchas veces unos ángeles y querubines.
Seguramente tienen la errónea convicción que el pueblo en las actuales circunstancias los necesita más que nunca.
Pero ¿para qué?
Si cuando han tenido la oportunidad de demostrar idoneidad, altruismo y nobleza dentro de la función que se les entregó de trabajar con unos principios y criterios colectivos para bien de sus comunidades, no han presentado ningún resultado positivo que sea digno de reconocimiento y alabanza.
Pues, su gestión se ha caracterizado desde el Congreso en “prenderle una vela a Dios y otra al Diablo”, al preferir untarse de la famosa “mermelada” y no defender al constituyente primario.
Los “falsos profetas” al acudir a los autoelogios para intentar defender una labor que a todas luces ha merecido el reproche y la protesta, lo único que consiguen es ratificar su actitud demagógica, cuyo único fin es obtener el apoyo popular a toda costa con el objetivo de alcanzar de nuevo su reelección al congreso; aunque no tengan propuestas claras y de interés colectivo.
En tal virtud, es menester que en esta época preelectoral todo lo que dicen y pregonan ciertos senadores y representantes de ser “los salvadores de la democracia”, sea recibido con beneficio de inventario porque una vez ya defraudaron y traicionaron a las personas que les brindaron su respaldo.
Por ello, en los comicios del 2022, los ciudadanos y ciudadanas tenemos la gran responsabilidad y el deber político de acudir a las urnas para elegir a unos integrantes del congreso que sean capaces, a través de su liderazgo y como gente nueva, de consolidar un proyecto democrático de Nación en donde quepamos todos.
Porque, acogiendo unas frases de una canción del cantautor Piero, “al país lo remataron y lo remataron más, lo partieron en pedazos, y ahora hay que volverlo armar”.
Y ese tiene que ser nuestro verdadero propósito, si queremos que lo niños sonrían en cada amanecer.
Por: Luis Eduardo Solarte Pastás

