Un terremoto no solo sacude edificios y calles; también puede alterar profundamente la sensación de seguridad de las personas. Después de una emergencia de esta magnitud, es normal experimentar miedo, ansiedad, tristeza, dificultad para dormir, irritabilidad o preocupación constante por familiares, amigos y el futuro.
Estas reacciones forman parte de la respuesta humana ante una situación traumática y pueden aparecer incluso en personas que no estuvieron directamente afectadas. Las imágenes de destrucción, las réplicas, la incertidumbre y la pérdida de bienes o seres queridos pueden mantener al organismo en estado de alerta durante días o semanas.
El terremoto también pone sobre la mesa la importancia de hablar de salud mental durante las emergencias. La atención no debe limitarse a las lesiones físicas y a la reconstrucción de viviendas: escuchar a las comunidades, ofrecer acompañamiento psicológico y recuperar las rutinas cotidianas son elementos fundamentales para avanzar.
Para quienes atraviesan estos momentos, mantener el contacto con familiares y personas de confianza, descansar cuando sea posible, limitar la exposición constante a noticias y redes sociales y permitir que las emociones sean expresadas puede ayudar. En niños y adolescentes, resulta especialmente importante brindarles información clara, escuchar sus temores y transmitirles seguridad.
No todas las personas reaccionan de la misma manera ni se recuperan al mismo ritmo. Si el miedo, la angustia, el insomnio, el aislamiento o los recuerdos relacionados con el terremoto persisten o interfieren significativamente con la vida cotidiana, buscar apoyo profesional puede ser un paso importante.
La reconstrucción después de un desastre no consiste únicamente en levantar nuevamente las paredes. También implica recuperar la confianza, los vínculos y la sensación de seguridad. El terremoto nos recuerda que cuidar la salud mental debe ser parte esencial de cualquier respuesta ante una emergencia.



