La literatura nariñense II

La literatura nariñense en su devenir histórico es principio y cierre de discursos culturales que tienen en su corpus un peso canonizador
Jonathan Alexander Espana Eraso

Por: Jonathan Alexander España Eraso

La literatura nariñense en su devenir histórico es principio y cierre de discursos culturales que tienen en su corpus un peso canonizador que no sólo genera marginalidad sino ideas totalizantes de lo que es y puede ser lo regional.

Lo anterior supone que existen rasgos concretos de lo que se produce en la mayoría de las obras literarias en Nariño, aunque los «estereotipos carnavalescos» que rayan con lo ramplón, ni siquiera con lo pantagruélico, invisibilizan las singularidades universales de interesantes novelas, colecciones de cuentos y poemarios nariñenses que permanecen en la sombra de la rareza.

Ahora bien, si esos estereotipos enmarcan el haber y el hacer de nuestra literatura, se podrían identificar dos vertientes críticas literarias: La primera, de corte arbitrario que forma y direcciona toda producción hacia centros discursivos que validan el artificio, la adjetivación torpe, el lugar común, la desproporcionada elucubración, la escritura meliflua, la frivolidad sentimental…; y la segunda, de desviaciones marginales en las que se metaforiza el ser de la literatura nariñense como configuración de una estética que fisura y renueva la textualidad cultural. Esta imagen y contraimagen son el horizonte en el que cada particularidad es una amalgama que fracciona a la vez que universaliza y aísla.

Bajo el signo de lo efímero, la literatura nariñense si bien es hija del olvido, renace en los pantanos de la novedad. Esta literatura, por eso, es memoria y ficción de una identidad cultural en crisis».

Teniendo en cuenta la dinámica enunciada se pueden trazar dos tipos de canon que, desde la interpretación y la valoración liviana o profunda según la vertiente crítica que se asuma, crean hechos literarios colectivos que representan los centros estructurales de la cultura. En esa perspectiva, los procesos de canonización y descanonización que, de una u otra manera se han librado en el ejercicio incipiente crítico en torno a obras literarias nariñenses, revelan un diálogo entre lo que somos y no hemos podido dejar de ser: la réplica inminente de lo periférico y sus improntas.

Si detallamos el canon liviano, institucionalizado, se resalta en él una validación en la que se reconoce en quien publica un texto de cualquier género literario a un «potencial escritor». Aquí todo es y será literatura. En ese camino, este canon es el que cohesiona el producto literario sin ni siquiera permitirse olvidarlo (texto de la no-cultura) ni prohibirlo (antitextos), sin embargo, genera dinamismo cultural. El otro canon, el periférico, revela las entrañas de nuestra literatura y reconoce en la diversidad de voces un diálogo entre las escrituras del pasado y las contemporáneas, que se basa en la excelencia estética.

En cualquier sentido, el centro y la periferia hacen parte de la literatura regional, la configuran. Con el centro se anquilosan las visiones del mundo existentes; con la periferia esas visiones se renuevan. En esas oposiciones nuestra literatura no deja de ser, e independiente de cualquier vertiente crítica o canon, sobrevive con rebeldía. El rastro que queda, el que hay que seguir, es el de la aceptación y rechazo de lo que nos aqueja: la anemia lectora por lxs escritorxs nariñenses y sus obras.

Bajo el signo de lo efímero, la literatura nariñense si bien es hija del olvido, renace en los pantanos de la novedad. Esta literatura, por eso, es memoria y ficción de una identidad cultural en crisis. 

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