La poesía de Mónica Viviana Mora (Pasto, 1984) tiene una unidad bicéfala (el paisaje y el amor) que encarna el destino del verbo. En su flujo hacia dentro, en su exigencia circular, se cimentan los poemas en prosa de «Geografía de los amantes del Sur» (Abisinia Editorial en coedición con Escarabajo Editorial, 2020) que configuran lo inevitable, el vaivén del pathos, en la trama de los días.
De allí que las páginas se colmen de hombres y mujeres cansadxs «de las escaleras quebradas, la tierra árida, el animal muerto de la violencia», y nos obliguen a partir hacia lo que queremos encontrar: La palabra inicial anunciada en la intensidad de lo que se dice y calla.
En «Los Cantos», Ezra Pound plantea una concepción poética aplicable a la escritura de Mónica en la que el poema es un espacio donde todo tiene cabida. Y si todo cabe hay que dimensionar lo que nos es cercano: el Sur. En él se conquista el abandono, lo cotidiano se expande, se hace visión de una geografía interior que inventamos para que se transforme en una exterioridad íntima hecha en la otredad literaria. Es decir, la búsqueda del lugar primigenio, el regreso al «hielo roto (que) humedece los labios» de los poemas, «la historia de los frutos del pino y de la lluvia», enmarañan el cuerpo vivo del lenguaje hasta hacerlo babear, diría Lezama Lima en relación con el discurso formal.
«En «Los Cantos», Ezra Pound plantea una concepción poética aplicable a la escritura de Mónica en la que el poema es un espacio donde todo tiene cabida. Y si todo cabe hay que dimensionar lo que nos es cercano: el Sur».
Desde esta planicie, el Sur se «agarra de las pupilas» porque es destello y vértigo. En su transparencia legible, el yo poético de Mónica es creador de voces secretas, fantasmales y cercanas a las que les entregamos una «bandera sucia y raída, (…) para lavarla con (las) palabras».
Tras desandar el camino que va de un lado a otro de las páginas de «Geografía de los amantes del Sur», el poema en prosa trasiega limpio, poblado de tiempo, para ser un «aborigen raro o albaorigen», según el escritor uruguayo Eduardo Milán, extraño de sí, que no recrea sino «el espacio de la singularidad irrenunciable», donde la mirada se hace impalpable, honda.
Entre el volcán, erigido desde su altura como Dios y las montañas que guardan «el agua materna (que) se reparte a los rostros blancos y negros», Laura y Kamal, las fuerzas femenina y masculina del poemario, revelan que el amor en la espesa nostalgia, «como el humo y las palabras», viaja en un «idioma que no existe». A pesar de la desgarradura, ascendemos y descendemos a lo perdido. Y ahí, nos encontramos con las palabras, y como el difunto, «en medio de las ceremonias del dolor», las abrazamos, pero también las desnudamos. Mientras nuestro rastro va pendiente abajo, hacía lo que fue para traerlo.
¿Qué nos queda después de leer a Mónica Viviana Mora? «Más que la palabra, / es el aire de todas las palabras» anuncia Blanca Varela, y más que ese aire, agrego, nos queda la intemperie en la que lo Otro y el otro en dimensión telúrica enfrentan «las máscaras del miedo detrás de la espalda» en comunión con el impulso imaginario y mítico (incluso místico) en el que la presencia del poema deviene invulnerable.
Por: Jonathan Alexander España Eraso

