La temporada de lluvias volvió a golpear con fuerza en el occidente de Boyacá, dejando a su paso una emergencia que mantiene en alerta a varias comunidades. En medio de deslizamientos, vías colapsadas y familias damnificadas, las autoridades han tenido que intensificar su respuesta para evitar que la situación escale y genere consecuencias aún más graves.
Desde el inicio de las precipitaciones, se han registrado múltiples emergencias en al menos diez municipios, entre ellos Muzo, Maripí, La Victoria, Pauna, Buenavista, Quípama, Coper, Otanche y sectores rurales de Chiquinquirá. En estas zonas, los derrumbes, crecientes súbitas de quebradas y afectaciones en carreteras han complicado la movilidad, aislando veredas completas y poniendo en riesgo a cientos de habitantes que dependen de estas vías para abastecerse y movilizarse.
Ante este panorama, se desplegó maquinaria amarilla en puntos críticos para remover lodo, rocas y material que bloquea importantes corredores viales. Excavadoras, retroexcavadoras y volquetas trabajan sin descanso para habilitar el paso, especialmente en sectores rurales donde las vías han quedado prácticamente intransitables. De manera paralela, equipos técnicos realizan evaluaciones constantes del terreno con el fin de identificar zonas de alto riesgo y prevenir nuevos deslizamientos.
Pero la crisis no se limita a la infraestructura vial. Las lluvias también han afectado viviendas, cultivos y condiciones básicas de muchas familias. Hasta el momento, se han entregado cerca de 715 ayudas humanitarias, que incluyen mercados, kits de aseo, materiales de construcción y elementos para atender daños en techos y estructuras. Sin embargo, para algunos habitantes, como Gustavo Pardo, estas ayudas resultan insuficientes frente a la magnitud de las afectaciones.
“La situación mantiene en tensión y a la expectativa a todos los damnificados”, expresó, señalando que muchas familias temen quedar incomunicadas o perderlo todo en cuestión de horas si continúan las lluvias.
Aunque las autoridades aseguran que el monitoreo es permanente y que la capacidad de respuesta se mantiene activa, la realidad en terreno evidencia que la emergencia está lejos de terminar. Hoy, la temporada invernal no solo deja daños materiales, sino también una advertencia clara: la vulnerabilidad del territorio sigue siendo una deuda pendiente que, cada vez que llueve, vuelve a pasar factura.




