El camino de la humildad es una virtud esencial que invita a reconocer nuestra propia fragilidad, aceptando que dependemos de Dios y de los demás. Lejos de significar debilidad, es una actitud de valentía que se enfoca en servir y pensar más en Dios y en el prójimo.
Nos gustaría tener un corazón generoso, desprendido, enamorado, fuerte, puro, noble, entusiasmado por Dios y por los demás. Pero luego desafortunadamente constatamos la presencia del pecado en nuestras vidas: Egoísmos, odios, rencores, avaricias, descontrol, pesimismo, cobardía.
El pecado puede hundirnos, sobre todo si se repite una y otra vez, si nos desgasta y nos somete, hasta crear dependencias y vicios muy arraigados. Pero si estamos atentos y reaccionamos con humildad ante sus defectos y faltas, si pedimos perdón a Dios y a los hermanos, si sabemos confiar en la gracia, no permitirá que el mal lo destruya internamente.
El camino de la humildad permite que todo pecador tenga esperanza, porque reconoce sus carencias, sus faltas, al mismo tiempo que acude a Dios para recibir su perdón y su consuelo. Ser humildes no significa ser pasivos: El que reconoce sus limitaciones trabaja y se esfuerza por superarlos. Esto significa, entonces, un incansable y esforzado compromiso para levantarse una y otra vez, sin permitir que el desaliento nos asfixie.
La vida cristiana está revestida de una belleza que atrae y que desearíamos realizar. Pero no es un ideal solo para perfectos, para quienes logran un completo control de sus pasiones: El cristianismo es también para los pequeños, los que caen y se levantan, los que inician cada mañana con buenos y bonitos propósitos, aunque por la noche tengan que pedir perdón por sus pecados.
Si acogemos el camino de la humildad, si abrimos nuestro corazón al perdón del Padre de las misericordias, también seremos capaces de comprender y acompañar a quienes, como nosotros, caen y se levantan cada día. Debemos tener muy en cuenta que, Dios no desprecia a un corazón humilde y confiado en su Misericordia.
Hoy vengo ante ti, Señor, consciente de mi pequeñez y de mi miseria, pero confiado en tu perdón que salva. Ayúdame a nunca desesperar ante mis pecados. Enséñame a levantarme, con humildad, para acoger tu Amor y cantar eternamente tu misericordia, esa que ofreces con cariño a los más pequeños y necesitados.



