En medio del auge imparable de la inteligencia artificial, una advertencia comienza a resonar desde el campo de la psicología clínica: no todo lo que parece avance lo es. Para el psicólogo clínico Oswaldo Navarro Arteaga, estamos entrando en una etapa donde la apariencia de profundidad y conciencia puede ser simplemente una simulación, una construcción sin experiencia real detrás.
“Cada vez más personas pueden decir cosas hermosas sin haberlas vivido, escribir textos profundos sin haber atravesado ninguna profundidad. Y eso no es progreso: es desconexión”, afirma el especialista desde su Consultorio de Psicología Integral.
La preocupación no está centrada en la tecnología como tal, sino en el uso que las personas hacen de ella. Según Navarro, el riesgo aparece cuando la inteligencia artificial deja de ser una herramienta y se convierte en un sustituto del pensamiento, la emoción y la introspección.
“Cuando la máquina habla por usted, algo en usted se está apagando”, advierte.
En consulta, explica, no se encuentra con personas que tengan dificultades para redactar o expresarse técnicamente, sino con individuos que han perdido la capacidad de sostener preguntas sobre sí mismos. Personas que evitan el silencio, que huyen de lo que sienten y que buscan respuestas inmediatas porque no toleran la incertidumbre de no saber quiénes son.
Este fenómeno, aunque silencioso, tiene implicaciones profundas. Delegar procesos como la escritura o la reflexión no solo implica eficiencia, sino también una renuncia progresiva a funciones esenciales del ser humano. “Usted no se construye por lo que produce, sino por lo que procesa internamente”, enfatiza el psicólogo.
En este contexto, la inteligencia artificial puede convertirse en un factor de riesgo psicológico, no por su capacidad, sino por lo que desplaza. Si una máquina organiza las ideas, redacta emociones o construye discursos, surge una pregunta clave: ¿quién está haciendo el trabajo interno?
Navarro plantea una reflexión contundente: se está invirtiendo el orden natural de lo humano. Mientras las máquinas asumen tareas creativas y expresivas, las personas quedan relegadas a lo automático, a lo mecánico, a lo superficial. Una inversión que, según advierte, tiene consecuencias en la identidad.
“El arte no es un lujo, es una necesidad psíquica. La escritura no es un adorno, es una forma de integración emocional. Pensar no es opcional, es lo que sostiene su identidad”, señala.
Desde la psicología clínica, el proceso no se centra en respuestas rápidas ni en discursos bien estructurados, sino en preguntas incómodas, profundas y necesarias. Preguntas que ninguna inteligencia artificial puede sostener: ¿por qué una persona repite patrones que le hacen daño?, ¿qué emociones evita enfrentar?, ¿qué dolores permanecen sin nombrar?
Estas preguntas, lejos de resolverse con inmediatez, requieren tiempo, silencio y, sobre todo, coraje.
El especialista insiste en que no se trata de rechazar la tecnología, sino de asumir una posición consciente frente a ella. “Estamos en un momento histórico donde se puede externalizar casi todo. Pero si usted externaliza su capacidad de pensar, de sentir y de crear, no se está liberando… se está perdiendo”, afirma.
La advertencia es clara: la inteligencia artificial puede organizar palabras y simular profundidad, pero no puede sostener la angustia humana ni atravesar el vacío existencial. Esa tarea sigue siendo exclusivamente personal.
En un mundo cada vez más automatizado, la pregunta ya no es qué puede hacer la tecnología por nosotros, sino qué estamos dejando de hacer por nosotros mismos.
El llamado final no es a desconectarse de la innovación, sino a no desaparecer dentro de ella. Porque, como concluye Navarro, el verdadero desafío no es tecnológico, sino profundamente humano: decidir si cada persona quiere ser autora de su propia vida o espectadora de un discurso perfectamente construido, pero vacío de experiencia real.




