Nueva Zelanda está llevando la lucha contra las especies invasoras a un nuevo nivel. Mientras ratas, armiños, hurones, comadrejas y zarigüeyas continúan representando una de las mayores amenazas para la biodiversidad del país, científicos y organismos de conservación están recurriendo a la tecnología genómica para comprender con mayor precisión cómo se desplazan estos animales, de dónde proceden y por qué vuelven a ocupar territorios donde previamente habían sido eliminados.
La estrategia forma parte de un cambio más amplio en la gestión de especies exóticas. Ya no se trata únicamente de instalar trampas, distribuir cebos o realizar operaciones de control sobre grandes extensiones. El objetivo es utilizar la información contenida en el ADN de los animales para reconstruir sus movimientos y diseñar intervenciones mucho más precisas.
Esta línea de investigación es especialmente relevante para Nueva Zelanda, un país cuya fauna evolucionó durante millones de años en relativo aislamiento y donde muchas especies nativas no desarrollaron defensas frente a mamíferos depredadores introducidos por los seres humanos. El programa nacional Predator Free 2050 tiene como objetivo eliminar del país, para mediados de siglo, a las ratas, las zarigüeyas y los mustélidos invasores, entre ellos armiños, hurones y comadrejas.
El problema no termina cuando una zona queda libre de plagas
Uno de los principales desafíos del control de especies invasoras es la recolonización o reinvasión. Un área puede ser sometida a un intenso programa de trampas, cebos y vigilancia hasta reducir drásticamente o incluso eliminar una población local. Sin embargo, si animales procedentes de territorios cercanos vuelven a entrar, el trabajo puede comenzar nuevamente desde cero.
Hasta ahora, los gestores de conservación podían conocer la presencia de una especie mediante cámaras, trampas, huellas, rastros o capturas. Pero estas herramientas no siempre permiten responder una pregunta fundamental: ¿de dónde vino el animal que apareció en una zona que se suponía libre de depredadores?
La tecnología genómica busca aportar esa respuesta.
Investigadores de Manaaki Whenua–Landcare Research están utilizando la llamada genómica del paisaje, un enfoque que combina información genética con datos geográficos y ambientales. A diferencia de los métodos genéticos tradicionales, que podían comparar poblaciones utilizando un número limitado de marcadores, las técnicas modernas de secuenciación permiten analizar una cantidad mucho mayor de información genética e incluso estudiar relaciones de parentesco entre individuos.
Esto hace posible rastrear movimientos y conexiones entre poblaciones con un nivel de detalle mucho mayor. El objetivo es identificar corredores de dispersión, barreras naturales y puntos vulnerables por los que una especie puede volver a invadir un territorio.
El ADN como una herramienta para reconstruir movimientos
La lógica detrás de este método es relativamente sencilla: los animales que pertenecen a una misma población o que tienen relaciones de parentesco cercanas comparten patrones genéticos.
Al secuenciar y comparar muestras de ADN de animales capturados en distintos lugares, los científicos pueden determinar si dos individuos están estrechamente relacionados o si pertenecen a poblaciones separadas. A partir de esa información, es posible inferir rutas de desplazamiento y detectar conexiones entre territorios que, a simple vista, podrían parecer aislados.
En otras palabras, el genoma puede convertirse en una especie de registro biológico del origen y las relaciones de cada individuo.
El investigador Andrew Veale, especializado en genómica de especies invasoras en Manaaki Whenua, ha señalado que esta tecnología permite pasar de comparaciones generales entre poblaciones a análisis mucho más detallados sobre el movimiento individual y las relaciones de parentesco. El propósito final es utilizar esa información para orientar mejor las estrategias de control y reducir el riesgo de reinvasión.
El caso de las zarigüeyas: un río puede ser una barrera, pero un puente puede convertirse en una puerta de entrada
Uno de los ejemplos más reveladores de esta investigación se produjo con poblaciones de zarigüeyas australianas o brushtail possums (Trichosurus vulpecula), una especie introducida que se ha convertido en una de las principales plagas de Nueva Zelanda.
En un estudio desarrollado en Westland, los investigadores analizaron el ADN de 280 zarigüeyas capturadas en zonas agrícolas y forestales ubicadas a ambos lados de un río. Los resultados mostraron una diferenciación genética muy marcada entre las poblaciones de cada lado, lo que indicaba que el río funcionaba casi como una barrera natural para el movimiento de los animales.
Sin embargo, aparecieron excepciones.
Dos zarigüeyas presentaban señales genéticas compatibles con un desplazamiento entre ambos lados del río y fueron capturadas a menos de 350 metros de un puente. También se identificó un individuo con una composición genética intermedia, lo que sugería que uno de sus progenitores probablemente había cruzado la misma barrera.
La conclusión fue especialmente útil para la gestión del territorio: el río limitaba la dispersión, pero la infraestructura humana podía estar creando un punto de conexión.
Este tipo de hallazgos permite a los responsables de conservación concentrar los recursos en lugares específicos. En vez de distribuir el esfuerzo de vigilancia de forma uniforme a lo largo de todo un río, pueden reforzar trampas y sistemas de monitoreo en puentes, pasos o zonas donde la genómica indique que existe una mayor probabilidad de reinvasión.
Cuando el paisaje ayuda a controlar una invasión
La investigación también ha mostrado que los elementos naturales del paisaje pueden convertirse en aliados del control de especies exóticas.
En el monte Taranaki, estudios genómicos sobre zarigüeyas encontraron que ríos amplios y con flujo continuo podían actuar como barreras importantes frente a la reinvasión. Sin embargo, esa protección podía reducirse cuando existían puentes o puntos donde la vegetación conectaba ambos lados del río.
A partir de estos resultados, los científicos pudieron elaborar mapas de riesgo para señalar posibles puntos de entrada y ayudar a diseñar zonas con densidad cero de zarigüeyas.
La importancia de este enfoque está en que la conservación deja de depender únicamente de la pregunta “¿cuántos animales hay?” y comienza a incorporar otras cuestiones: “¿por dónde se mueven?”, “qué barreras los detienen?”, “qué estructuras facilitan su expansión?” y “dónde debe concentrarse el control para evitar que regresen?”.
Los armiños representan un desafío diferente
No todas las especies invasoras responden de la misma manera al paisaje.
Los estudios genómicos realizados sobre armiños y comadrejas han mostrado una situación distinta. En investigaciones desarrolladas en la región de Taranaki, los científicos encontraron que determinadas características del paisaje no parecían limitar de forma significativa la dispersión de estos mustélidos.
Los armiños, además, pueden desplazarse a grandes distancias. La investigación citada por Manaaki Whenua indica que algunos individuos pueden recorrer hasta 40 kilómetros, lo que dificulta la creación de zonas permanentemente libres de depredadores si el control se limita a espacios demasiado pequeños.
Los análisis genéticos también sugirieron que, en algunos escenarios, una parte importante de la recuperación de la población después de una operación de control puede proceder de animales que sobrevivieron dentro del área tratada, y no únicamente de nuevos individuos llegados desde el exterior.
Esta diferencia tiene consecuencias directas. Si la principal amenaza es la entrada de nuevos animales, el esfuerzo debe centrarse en las fronteras y rutas de invasión. Pero si el problema está en individuos que lograron sobrevivir al control inicial, la prioridad pasa a ser mejorar la detección y eliminación de los residentes restantes.
La genómica permite distinguir entre estos escenarios y evitar que una estrategia equivocada consuma recursos sin resolver el problema real.
La información genética también puede ayudar a detectar individuos específicos
El potencial de esta tecnología va más allá del estudio de grandes poblaciones.
Investigadores neozelandeses han trabajado en el desarrollo de marcadores genéticos capaces de identificar individuos a partir de muestras como pelo, saliva o excrementos. Esta capacidad podría utilizarse como una especie de herramienta forense para determinar qué animal estuvo presente en un lugar concreto.
Por ejemplo, si se detecta un ataque contra una especie nativa y posteriormente se captura un depredador en la zona, el análisis genético podría ayudar a establecer si existe una relación entre el animal capturado y los rastros encontrados.
La posibilidad de trabajar con pequeñas muestras ambientales es especialmente importante en territorios extensos, bosques densos y áreas montañosas, donde localizar físicamente a cada individuo resulta difícil y costoso.
Una carrera contra el aumento de ratas y armiños
La necesidad de mejorar las herramientas de seguimiento cobra especial importancia en 2026 debido a un fenómeno ecológico conocido como mast, una producción excepcional de semillas por parte de los bosques de hayas.
Cuando los bosques producen enormes cantidades de semillas, aumenta la disponibilidad de alimento para los roedores. Las poblaciones de ratas pueden crecer rápidamente y, posteriormente, también pueden aumentar las poblaciones de depredadores que se alimentan de ellas, como los armiños.
Las autoridades neozelandesas han advertido que este fenómeno representa un riesgo importante para aves, murciélagos, insectos y otras especies nativas vulnerables.
El Departamento de Conservación mantiene operaciones de control en extensas áreas del país y ha priorizado distintos territorios de alto valor ecológico. Para 2026, las operaciones incluyen zonas vinculadas con parques nacionales como Kahurangi, Arthur’s Pass, Mount Aspiring y Fiordland, entre otros espacios prioritarios para la protección de especies nativas.
En junio de 2026, el Gobierno de Nueva Zelanda anunció además un refuerzo de 14,1 millones de dólares neozelandeses para ampliar el control de depredadores ante el riesgo generado por este importante evento de producción de semillas en los bosques de hayas de la Isla Sur. La financiación fue destinada a proteger fauna amenazada en parques nacionales y otros lugares prioritarios.
Del control masivo al control de precisión
El uso de la tecnología genómica representa una evolución hacia lo que podría describirse como un control de plagas de mayor precisión.
Nueva Zelanda ya emplea métodos como trampas terrestres, estaciones de cebo y operaciones aéreas para reducir las poblaciones de mamíferos invasores. En grandes zonas de difícil acceso, las autoridades consideran estas herramientas fundamentales para proteger especies vulnerables y ecosistemas completos.
Sin embargo, conocer el comportamiento genético y los patrones de dispersión de cada especie puede ayudar a decidir dónde, cuándo y cómo utilizar esos recursos.
El Departamento de Conservación de Nueva Zelanda señala que las operaciones de control se priorizan teniendo en cuenta factores como el riesgo para los ecosistemas, la vulnerabilidad de las especies nativas, los resultados del monitoreo y la historia de las operaciones realizadas previamente. La incorporación de información genómica puede complementar estos sistemas al proporcionar datos adicionales sobre el origen y movimiento de las poblaciones invasoras.
Los genomas de las especies invasoras ya se están convirtiendo en una base para nuevas herramientas
El trabajo no se limita al seguimiento de animales en el paisaje.
Nueva Zelanda también ha avanzado en la secuenciación de genomas completos de especies consideradas prioritarias dentro de su estrategia de control. Entre ellas se encuentran el armiño y la rata negra o rata de barco (Rattus rattus).
El genoma completo de la rata negra proporciona información que puede utilizarse para estudiar el origen y la dispersión de las poblaciones, así como para investigar posibles métodos de control más específicos. De manera similar, el genoma del armiño ofrece una base para analizar características biológicas y desarrollar nuevas herramientas dirigidas a la especie objetivo.
Otro campo de investigación es la búsqueda de sustancias o mecanismos que puedan afectar de forma más específica a las especies invasoras y reducir el riesgo sobre animales no objetivo.
Científicos de Manaaki Whenua han utilizado información genómica para identificar posibles diferencias moleculares entre especies y estudiar objetivos biológicos que, en el futuro, podrían servir para desarrollar herramientas de control más selectivas.
La tecnología genética todavía no reemplaza a las trampas
A pesar del avance científico, la genómica no significa que Nueva Zelanda haya abandonado los métodos tradicionales.
Las trampas, los sistemas de monitoreo, las estaciones de cebo y otras operaciones de control continúan siendo una parte central de la estrategia. La información genética funciona, por ahora, como una capa adicional de conocimiento que puede hacer más eficiente la toma de decisiones.
Tampoco debe confundirse el uso de genómica para rastrear poblaciones con la liberación generalizada de organismos modificados genéticamente en el medio ambiente. Existen investigaciones sobre tecnologías genéticas para el control de ratas, incluidas estrategias de supresión desarrolladas en condiciones controladas, pero estas líneas de trabajo representan un campo de investigación distinto al uso del ADN para estudiar movimientos, parentescos y rutas de reinvasión.
El gran objetivo: impedir que los depredadores regresen
El éxito de un programa de erradicación no depende únicamente de eliminar el mayor número posible de animales. La fase más difícil puede llegar después: mantener un territorio libre de la especie invasora.
Ese es uno de los principales motivos por los que la genómica del paisaje se ha convertido en una herramienta de interés para los científicos neozelandeses. Si se puede determinar de dónde proceden los animales que reaparecen, cuáles son las rutas que utilizan y qué barreras realmente funcionan, los programas de conservación pueden anticiparse a la siguiente invasión.
La estrategia es especialmente importante para el ambicioso objetivo de Predator Free 2050, que busca pasar de un modelo basado en el control continuo de poblaciones a una eliminación progresiva y coordinada de los principales depredadores mamíferos introducidos.
La magnitud del reto es enorme. Nueva Zelanda posee ecosistemas únicos y numerosas especies que no existen en ningún otro lugar del planeta. Muchas evolucionaron sin la presión histórica de mamíferos depredadores terrestres y, por ello, la llegada de ratas, zarigüeyas y mustélidos tuvo consecuencias profundas sobre sus poblaciones.
El programa nacional reconoce que la erradicación requerirá una combinación de ciencia, innovación, comunidades, autoridades, pueblos indígenas, organizaciones y nuevas tecnologías. La genómica se está consolidando como una de esas herramientas capaces de aportar información que antes era prácticamente invisible.
Un mapa construido a partir del ADN
El avance más importante de esta tecnología quizá no sea simplemente la capacidad de secuenciar el genoma de una rata, un armiño o una zarigüeya. Su verdadero potencial está en transformar millones de fragmentos de información genética en decisiones concretas sobre el terreno.
Un puente puede convertirse en un punto crítico de vigilancia. Un río puede funcionar como una barrera natural. Una población que parecía haber llegado desde lejos puede resultar estar formada por animales que sobrevivieron a una operación de control. Una muestra de pelo o saliva puede aportar pistas sobre qué individuo estuvo presente en una zona.
Cada uno de esos datos puede modificar la forma en que se distribuyen trampas, se diseñan zonas de contención y se planifican futuras campañas.
Nueva Zelanda no ha resuelto todavía el problema de las especies invasoras. De hecho, los aumentos periódicos de las poblaciones de ratas y armiños demuestran la complejidad del desafío. Pero el país está desarrollando una estrategia en la que el control físico de los animales se complementa cada vez más con la lectura de su información genética.
La tecnología genómica, por tanto, se perfila como una pieza importante en la siguiente etapa de la conservación: no solo detectar dónde están las plagas, sino comprender cómo llegaron, por dónde se desplazan y qué medidas pueden impedir que vuelvan a amenazar algunos de los ecosistemas más singulares del planeta.




