COLOMBIA ESTÁ EN GUERRA Y SEGUIMOS SIN DARNOS CUENTA

JORGE HERNANDO CARVAJAL PÉREZ

Me disponía a escribir esta columna en torno a lo emocionante que está el Campeonato Profesional de Fútbol Colombiano, con el América y el Deportivo Pasto clasificados entre los 8 mejores, pero me tocó cambiar el tema, al enterarme del terrible atentado perpetrado en la vía Panamericana, entre Popayán y Pasto, lamentable episodio que deja un saldo parcial de más de 10 muertos y 20 heridos.

Y, es qué repasando los hechos registrados en la semana que termina, tenemos que decir que en Colombia estamos en guerra, como cualquier Ucrania o Irán.  El asesinato de tres militares en Ipiales, la explosión de un campo minado, con graves heridas a 4 niños, los atentados terroristas en Cali y Palmira, y cuando me disponía a sentarme a escribir de fútbol, el sangriento ataque en la vía Panamericana. 

Estos hechos ocurridos en distintas regiones no solo evidencian la persistencia de la violencia, sino también la fragilidad de la seguridad en amplias zonas del territorio nacional. Resulta inevitable pensar que, ante lo sucedido, Colombia no tuvo nada que envidiarles a escenarios internacionales marcados por conflictos armados.

En Ipiales, Nariño, el asesinato de tres militares encendió las alarmas sobre la capacidad de los grupos armados para atacar directamente a la fuerza pública. Este hecho no solo representa una pérdida irreparable para sus familias, sino que también golpea la moral institucional y deja en evidencia los riesgos constantes que enfrentan quienes intentan mantener el orden.

A esto se suma lo ocurrido en Olaya Herrera, también en Nariño, donde la explosión de un campo minado dejó heridos a cuatro niños. Este episodio resulta especialmente doloroso, pues refleja cómo la violencia no distingue entre actores del conflicto y población civil, afectando incluso a los más vulnerables. La presencia de artefactos explosivos en zonas habitadas es, sin duda, una señal alarmante de la degradación del conflicto.

Como si fuera poco, los atentados terroristas en Cali y Palmira aumentaron la sensación de inseguridad en el suroccidente del país. Estos ataques, dirigidos contra la población y la infraestructura, buscan sembrar miedo y desestabilizar la vida cotidiana de miles de ciudadanos que intentan seguir adelante en medio de la incertidumbre.

El panorama se torna aún más grave con el terrible atentado en la vía Panamericana, que dejó más de diez muertos y más de veinte heridos. Este hecho, por su magnitud y consecuencias, refleja un nivel de violencia que difícilmente puede ser ignorado o minimizado. Las carreteras, que deberían ser espacios de tránsito y conexión, se convierten en escenarios de tragedia.

Ante estos trágicos episodios, una pregunta inevitable: si esto no es una situación de guerra, ¿cómo se puede definir? Todo esto ocurre, además, a tan solo 34 días de las elecciones presidenciales, un momento crucial para el futuro del país. La violencia, en este contexto, no solo amenaza la seguridad, sino también la estabilidad democrática y la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Y, por supuesto, a las elecciones presidenciales…

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