¿Aguardiente Nariño o “Amarillo”?

Por: Jhorman Montezuma

En Nariño, la discusión ya no es solo de gustos, sino de identidad. Lo que antes era un símbolo del departamento el tradicional Aguardiente Nariño hoy compite en desventaja frente a nuevas marcas que han sabido posicionarse con fuerza en el mercado local. Y la pregunta que empieza a rondar en las calles, en los bares y en las reuniones familiares es incómoda pero necesaria: ¿en qué momento dejamos de consumir lo nuestro?

Durante años, la Licorera de Nariño fue motor económico y fuente de empleo para miles de familias. Su producción no solo representaba ingresos, sino también arraigo cultural. Sin embargo, decisiones del pasado, como el proceso de transformación y pérdida de control local, marcaron un punto de quiebre que hoy pasa factura.

Figuras políticas como Parmenio Cuéllar y Antonio Navarro Wolff han sido mencionadas en este debate por su rol en ese momento histórico. Más allá de las posturas ideológicas, lo cierto es que el resultado dejó un vacío: menos empleo, menor presencia del producto local y una marca que perdió terreno frente a la competencia.

Hoy, ese espacio lo ocupan con fuerza productos como el “amarillo” de Manizales, que no solo ha logrado posicionarse en el gusto de los consumidores, sino que ha entendido algo clave: el mercado no se gana solo con tradición, sino con estrategia. Eventos, activaciones en bares, حضور en espectáculos y una agresiva política comercial han convertido esta bebida en protagonista de la rumba pastusa.

A esto se suman otras marcas como Aguardiente Antioqueño y Blanco del Valle, que también han encontrado un nicho en la ciudad, ampliando la oferta y desplazando aún más al producto local.

El problema no es que haya competencia. El problema es que Nariño parece haber dejado de competir. La ausencia de campañas fuertes de posicionamiento, la falta de incentivos para distribuidores y una estrategia comercial débil han hecho que el aguardiente propio pierda relevancia incluso en su propia casa.

Mientras otras marcas invierten en experiencia, marketing y fidelización, lo nuestro parece quedarse en la nostalgia. Y la nostalgia no vende.

Aquí hay una responsabilidad compartida. De la institucionalidad, que debe fortalecer políticas para impulsar lo local; del sector privado, que necesita innovar y adaptarse; y de la ciudadanía, que también decide con su consumo qué economía quiere sostener.

La pregunta al gobierno departamental, hoy encabezado por Luis Alfonso Escobar, es directa: ¿cuál es la estrategia para recuperar el posicionamiento del producto insignia del departamento? ¿Cómo se piensa reactivar una industria que antes generaba empleo y hoy pierde terreno?

Porque más allá de qué se sirva en un vaso, lo que está en juego es el sentido de pertenencia y el impacto económico de nuestras decisiones cotidianas.

Hoy muchos brindan con “amarillo”. Pero el debate de fondo es otro: si Nariño está dispuesto a recuperar lo suyo o a resignarse a que su identidad, poco a poco, se consuma fuera del departamento.

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