POR: P. NARCISO OBANDO
Ayer y hoy es frecuente encontrarnos con personas que se creen mejores que los demás, y que por ello se dedican a ofender, descalificar e incluso a amenazar a quien piensa o actúa en forma diferente.
Cuando esto sucede en un matrimonio, ni el esposo ni la esposa aceptan sus errores, sino que sólo culpan a la otra parte, y así nunca se puede construir la paz y la armonía familiar. Sólo se escuchan ofensas, descalificaciones, insultos y se llega fácilmente a una separación. No hay peor engaño que el orgullo, que juzga y condena sin misericordia a los demás, y no advierte sus propias culpas.
En la Iglesia puede pasar lo mismo, cuando un creyente se considera perfecto en su fe, intachable en su vida y muy fiel a Dios, y condena a quienes viven auténticamente su fe, pero la expresan de otra manera. Como quienes “profesan” su religión sólo en sus compromisos sociales, siempre importantes, pero rechazan a quienes insisten más en la lectura de la Palabra de Dios, en la oración y en las celebraciones religiosas y litúrgicas, y que también practican la justicia y la misericordia con los demás, sobre todo con los pobres.
En la política, esas actitudes egocéntricas, vanidosas y dictatoriales de algunos dirigentes son lo que más destruye la paz social, que tanto necesitamos. Hay políticos que presumen de ser intachables y culpan a otros partidos y gobiernos de todos los males que padece el país; y lo más desconcertante no aceptan sus propios errores.
Si a estos politiqueros les decimos que tenemos otras cifras o datos que contradicen sus afirmaciones, nos insultan, intimidan y hacen todo cuanto pueden para destruirnos. Y aún así, tienen muchos seguidores que no advierten esa soberbia prepotente tan dañina y violatoria de la dignidad humana de quienes vemos la realidad desde otros puntos de vista. ¡Quizá sea por los beneficios económicos que reciben! Se debe tener una conciencia tranquila y no hay que dejarse comprar por dádivas gubernamentales y ser libres para escoger las mejores opciones a la hora de elegir.
Vivimos en un mundo que desde el inicio es un lugar de enemistad, donde se riñe por doquier, donde por todos lados hay odio, donde constantemente clasificamos a los demás por sus ideas, por sus costumbres, y hasta por su forma de hablar o de vestir.
En definitiva, nuestro mundo es el reino del orgullo y de la vanidad, donde cada uno se cree con el derecho de alzarse por encima de los otros. Sin embargo, aunque parezca imposible, Jesús propone otro estilo: la mansedumbre.
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Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles.
Pidamos a Dios la virtud de ser mansos, sencillos, pacientes, humildes, amables, benignos, bondadosos, aunque algunos se burlen de nosotros. Ciertamente no hay que permitir que abusen de nosotros, pero no respondamos con insultos y ofensas, ni usemos calificativos condenatorios hacia quienes van por otros caminos.

