Por Ricaurte Losada Valderrama
Dije hace años que el voto obligatorio es inconveniente. Que si bien podría contribuir a renovar la representación política, disminuir los efectos del voto amarrado, servir de mecanismo de pedagogía cívica, garantizar mayor participación electoral, crear mayor conciencia ciudadana, una cultura de participación, combatir la corrupción, el clientelismo, la entrega de dádivas, el canje, la compra de votos, la movilización irregular de electores entre circunscripciones y la intermediación de los miembros de las corporaciones públicas en materias distintas a las de su competencia para obtener un sufragio más libre y consciente y, en síntesis, corregir algunas deficiencias electorales de la democracia representativa.
Dije además, que el voto obligatorio sería complaciente con los políticos al liberarlos de una de sus principales funciones: motivar al ciudadano para que vote, siendo ésta una pedagogía democrática más sólida que la utilización de la fuerza incluida en la obligación de sufragar.
Y proseguí en la defensa de las tesis en contra del voto obligatorio, expresando que castiga las libertades y estimula comportamientos para burlar la ley e insistí en los argumentos afirmando que quienes quieren obligarnos a votar, ignoran una historia casi bicentenaria de sufragio voluntario, única en Latinoamérica.
Pero después de varios años, continuando el estudio y la observación de la política colombiana, viendo y viviendo el aplastante cáncer de la corrupción, no me arrepiento de las tesis que expuse en contra del voto obligatorio que siguen vigentes, pero superior a ellas es la necesidad inaplazable de combatir a través de él los flagelos de la corrupción, el clientelismo, la politiquería y la abstención.
La corrupción tiene un origen fundamentalmente político y el voto obligatorio contribuye a minarla. Es necesario tener presente que en Colombia no ha habido acuerdo sobre su pertinencia, viabilidad y utilidad, tema que se trata generalmente después de conocidos los resultados electorales, debido a la abstención y problema que se combate con el voto obligatorio.
Por ende, este tiene efectos sobre la legitimidad y credibilidad de las elecciones en particular y de la democracia representativa en general. Incrementa la participación electoral y, por lo tanto, se mejora la democracia.
Pero el voto obligatorio tiene que estar precedido, o al menos acompañado de otras medidas que garanticen que las elecciones van a ser libres, transparentes y universales y que no coarta la libertad del ciudadano, en tanto que solo lo obliga a participar en la elección, pero no influye sobre su voto ni sobre la manera de hacerlo.
De todas maneras y bajo la premisa de que, en este caso, como en todos, no hay verdades absolutas, son mucho mayores las ventajas que las desventajas de esta medida. En cuanto a las primeras, las más importantes son la incidencia en el aumento de la participación electoral, pues una de las principales falencias de la democracia colombiana es su histórica y alta abstención.
Aristóteles plantea que la abstención contribuye a la formación de regímenes tiránicos. Se refiere a ella como la cómoda indiferencia de los pueblos y Rousseau afirma que la ley es la expresión de la voluntad general y que todos los ciudadanos han de participar personalmente o por medio de sus representantes en su formación.
Y ojalá que esta campaña la utilicemos para elevar nuestra formación y cultura política, ocupándonos de temas como éste.


