Transitar por Pasto hoy no es solo una necesidad, es una prueba diaria de resistencia. Las vías del municipio, en múltiples sectores, están destruidas, abandonadas y sin una respuesta clara por parte de la administración. Huecos que crecen con cada lluvia, calles convertidas en trochas urbanas y obras que parecen no tener doliente reflejan una realidad que los ciudadanos viven a diario.
No se trata de exagerar. Basta recorrer barrios, avenidas principales o sectores periféricos para confirmar que el deterioro vial es generalizado. Conductores esquivando cráteres, motociclistas en riesgo permanente y peatones obligados a caminar entre el barro o el polvo. Esta no es la imagen de una ciudad que avanza, es la de una ciudad que se estanca.
El impacto va más allá de lo visual. Cada hueco representa un costo directo para el ciudadano: llantas dañadas, suspensión afectada, accidentes evitables. El transporte público también sufre las consecuencias, encareciendo la operación y deteriorando aún más el servicio. En una ciudad donde la movilidad ya presenta dificultades, el mal estado de las vías agrava todo.
Pero el problema no es solo técnico, es político. Porque mientras las calles se deterioran, el discurso oficial muchas veces se queda en anuncios, estudios y promesas que no se traducen en soluciones reales. La ciudadanía empieza a sentir que paga impuestos sin recibir resultados, que aporta, pero no ve retorno.
Y es ahí donde surge una percepción cada vez más fuerte: la de un mal gobierno que no logra responder a las necesidades básicas. No se trata de colores políticos, se trata de gestión. Gobernar es priorizar, ejecutar y dar resultados. Y hoy, las vías hablan por sí solas.
En tiempos electorales, el panorama se vuelve aún más complejo. Aparecen nuevamente los candidatos, recorriendo los mismos barrios, escuchando las mismas quejas y prometiendo lo mismo de siempre: pavimentación, mantenimiento, soluciones definitivas. La historia se repite elección tras elección.
Muchos ciudadanos sienten que han sido utilizados. Que apoyaron proyectos políticos que, una vez en el poder, se alejaron de la gente y de sus problemas reales. No es un secreto que la desconfianza ha crecido. Y cuando la confianza se rompe, lo que queda es apatía o indignación. Sin embargo, también es necesario decirlo: la responsabilidad no recae únicamente en quienes gobiernan.
La ciudadanía tiene un papel clave. Elegir mal, no hacer seguimiento y normalizar el incumplimiento también alimenta este ciclo. La democracia no puede reducirse a votar cada cuatro años y luego guardar silencio.
Pasto necesita un cambio de enfoque urgente. La malla vial no puede seguir siendo atendida con soluciones temporales o “pañitos de agua tibia”. Se requieren intervenciones estructurales, planificación a largo plazo y transparencia en cada contrato.
Además, es fundamental que exista control ciudadano real. Las veedurías, los medios de comunicación y la comunidad organizada deben vigilar cada obra, cada peso invertido y cada promesa hecha. Solo así se puede romper el ciclo de abandono.
Las vías no son un tema menor. Son la columna vertebral de la ciudad. Por ellas circula la economía, la educación, la salud y la vida cotidiana de miles de personas. Tenerlas en mal estado es condenar a la ciudad al atraso.
Hoy Pasto enfrenta una realidad evidente: calles destruidas y ciudadanos cansados. Pero también tiene una oportunidad. La de transformar esa inconformidad en decisiones más conscientes, en exigencia permanente y en una ciudadanía que no se conforme con menos.
Porque al final, una ciudad no solo se construye con cemento y asfalto, sino con confianza. Y esa confianza, hoy, también necesita ser reconstruida.




