¡UNA CATÁSTROFE!

JORGE HERNANDO CARVAJAL PÉREZ

Hay tragedias que desafían las palabras. Lo que ha ocurrido con los devastadores terremotos que han sacudido a Venezuela solo puede describirse como una verdadera catástrofe humana. Estoy profundamente impresionado por la magnitud de la destrucción, por el dolor de miles de familias y por las imágenes que, desde el primer momento, estremecieron mi conciencia.

Recuerdo perfectamente cuando leí las primeras informaciones. Supe que se trataba de dos terremotos de magnitud superior a 7 y que, además, se habían registrado a una profundidad cero o sea, prácticamente superficial. En ese instante sentí un escalofrío. Pensé que esa combinación solo podía traducirse en un escenario de devastación total. Lamentablemente, las imágenes que comenzaron a llegar en las horas siguientes confirmaron ese terrible presentimiento. Edificios reducidos a escombros, comunidades enteras destruidas y miles de personas buscando desesperadamente a sus seres queridos forman parte de una realidad que duele contemplar.

Las cifras oficiales hablan de alrededor de dos mil personas fallecidas. Ojalá ese número reflejara la verdadera dimensión de la tragedia. Sin embargo, me cuesta creer que esa sea la cifra definitiva cuando todavía existen reportes de decenas de miles de personas cuyo paradero sigue sin conocerse. Ojalá muchas de ellas aparezcan con vida, porque cada vida rescatada representa una victoria frente a la tragedia. Pero el paso de los días hace que la esperanza se vuelva cada vez más difícil y el dolor más profundo.

Lo que más me conmueve es imaginar el sufrimiento de quienes permanecen esperando noticias de un hijo, de una madre, de un hermano o de un amigo. No existe angustia más grande que la incertidumbre. Cada minuto se convierte en una eternidad para quienes no saben qué ocurrió con las personas que aman.

Hoy no es momento para diferencias políticas, ideológicas ni fronterizas. Hoy solo existe una prioridad: la solidaridad. Venezuela necesita del respaldo de la comunidad internacional, de la ayuda humanitaria, de equipos especializados de rescate, de medicamentos, de alimentos y, sobre todo, de la solidaridad de todos los pueblos.

Las tragedias naturales nos recuerdan que todos compartimos la misma condición humana. Ningún país está exento de vivir una situación semejante. Por eso debemos rodear a Venezuela en estas horas tan amargas, acompañar a su pueblo con gestos concretos y elevar una oración por quienes han perdido la vida, por quienes aún esperan ser encontrados y por quienes tendrán la inmensa tarea de reconstruir sus hogares y también sus corazones. Frente a una catástrofe de esta magnitud, la indiferencia nunca puede ser una opción.

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