El Parque Bolívar, ícono histórico y cultural de Pasto, atraviesa una de sus peores crisis de convivencia y seguridad. Lo que alguna vez fue punto de encuentro familiar y espacio de recreación, hoy refleja un panorama sombrío de abandono institucional y de tensiones sociales que afectan directamente a los habitantes y comerciantes del sector.
De día, las bancas son ocupadas por transeúntes y vendedores informales que luchan por su sustento diario; de noche, el parque se transforma en escenario de consumo de sustancias, riñas y hechos que alteran el orden público. Vecinos denuncian que la llegada constante de grupos de personas, entre ellos migrantes en situación de vulnerabilidad, ha intensificado los conflictos.
Voces de alerta
Gabriel Hurtado, líder comunitario del sector, no oculta su preocupación: “Ya no se trata solo de inseguridad, sino de la pérdida del sentido de pertenencia. El parque debería ser un lugar para el encuentro y la cultura, pero hoy genera miedo”, señaló.
A este clamor se suman comerciantes que aseguran que el vandalismo y la violencia han disminuido la afluencia de clientes, afectando directamente su economía. “Antes era un lugar lleno de vida, ahora sentimos que lo estamos perdiendo poco a poco”, expresó una vendedora que prefirió reservar su identidad.
Más allá de la policía
Si bien la presencia policial es solicitada de manera constante, los residentes coinciden en que las soluciones no pueden quedarse solo en patrullajes y operativos. Piden programas sociales sólidos, estrategias de inclusión para población migrante y acciones de recuperación del espacio público que devuelvan al parque su carácter de patrimonio ciudadano.
Algunos vecinos, cansados de esperar respuestas inmediatas, han comenzado a organizarse en patrullas comunitarias y campañas de sensibilización. Sin embargo, reconocen que sus esfuerzos son insuficientes frente a la magnitud del problema. El Parque Bolívar se convierte así en un espejo de los desafíos que enfrenta Pasto: la convivencia en medio de la migración, el consumo de drogas y el debilitamiento de los espacios públicos como puntos de cohesión social. Más que un problema de inseguridad, los líderes señalan que se trata de una oportunidad para repensar la ciudad y rescatar su centro histórico como escenario de vida, cultura y respeto.



