Constituye un hecho positivo que, desde ya, cuando todavía faltan cuatro meses para la llegada de las fiestas navideñas y de fin de año, en las principales ciudades del país se hayan puesto en marcha campañas encaminadas a prevenir los accidentes ocasionados por el uso de la pólvora. Bogotá, Cali, Medellín, Pasto, Ibagué, Tunja, entre muchas otras ciudades, han comenzado a desarrollar diferentes actividades, entre ellas marchas, jornadas de sensibilización y campañas pedagógicas para llamar la atención de los ciudadanos sobre los enormes riesgos que representa manipular elementos pirotécnicos.
Es importante que estas campañas comiencen con suficiente anticipación, porque todos los años, cuando llegan diciembre y las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, vuelven a aparecer las mismas imágenes dolorosas: personas con quemaduras de consideración, niños y adolescentes afectados, familias enteras viviendo momentos de angustia y, en los casos más graves, víctimas que pierden la vida como consecuencia de accidentes provocados por la pólvora.
Lo más preocupante es que muchas de estas tragedias podrían evitarse. No estamos hablando de hechos inevitables ni de circunstancias imposibles de prevenir. Estamos frente a accidentes que, en buena medida, ocurren porque todavía existe la equivocada creencia de que manipular pólvora es una tradición inofensiva, una forma de celebrar o simplemente un juego. Nada más alejado de la realidad.
La pólvora puede ocasionar quemaduras profundas, amputaciones, lesiones en los ojos, pérdida de la audición y graves daños físicos que pueden acompañar a una persona durante el resto de su vida. Pero también puede producir consecuencias emocionales y económicas para las familias que deben asumir durante años tratamientos, cirugías, rehabilitación y procesos de recuperación.
Y dentro de este panorama existe una preocupación todavía mayor: los menores de edad. Cada temporada decembrina son ellos quienes terminan pagando, muchas veces, las consecuencias de la irresponsabilidad de los adultos. Un niño no debería tener jamás en sus manos un artefacto explosivo. Una celebración familiar no puede convertirse en el origen de una tragedia que marque para siempre la vida de un menor.
Por eso debemos respaldar plenamente las campañas que están adelantando las autoridades municipales y departamentales. Las marchas y jornadas de sensibilización tienen un enorme valor, pero deben estar acompañadas de controles efectivos, vigilancia sobre la venta y distribución de estos elementos y, especialmente, de una permanente labor pedagógica.
La prevención no puede comenzar el 24 de diciembre. Tiene que comenzar desde ahora. Es necesario que las autoridades, los colegios, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y las familias trabajen conjuntamente para convencer a la ciudadanía de que celebrar no significa necesariamente quemar pólvora.
Por eso, hacemos un llamado para que este año la ciudadanía tome una decisión sencilla, pero trascendental: decirle no a la pólvora.


