En la tragedia del avión Hércules que se estrelló en Puerto Leguízamo, municipio del departamento de Putumayo, se elevan historias de supervivencia, milagros y del dolor profundo de la pérdida, de las cosas que llegarán a ser. El relato del soldado Omar Salazar Páez, por su parte, da cuenta de que un vínculo es el responsable de que no haya estado en ese mismo avión.
El uniformado estaba listo para despegar junto a sus compañeros en la aeronave de matrícula C-130, que se especializa en misiones de transporte aéreo. A pesar de su tamaño, el Hércules, como todos los aviones en el mundo, tiene un peso máximo como tope para poder despegar. Ese y otros factores son tenidos en cuenta por los pilotos a la hora de tomar vuelo.
El soldado Salazar iba con equipaje extra: llevaba con él a su mascota Oddy, un perro que le regaló su novia. Resulta que la mascota de Salazar no había sido pesada, y sin ese cálculo, era mejor no arriesgarse. Por eso, el superior de este uniformado le pidió que se bajara para que mejor abordara el siguiente vuelo.
El hombre estaba en el aeropuerto cuando ocurrió toda la tragedia.Hoy, Omar lo dice con la voz entrecortada: “Ese momento me salvó la vida, mi perro fue mi milagro”. Ese mismo perrito, Odi, el que su novia le había regalado, terminó siendo la razón por la que hoy sigue aquí. Pero su historia no termina ahí. Porque apenas supo lo ocurrido, corrió a ayudar, a buscar, a acompañar a sus compañeros, esos que sí iban en ese vuelo. Y ahora carga algo difícil de explicar: gratitud por vivir, y dolor por los que no regresaron.




