En medio de una jornada de verificación técnica adelantada en el sector de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, un equipo interinstitucional conformado por Corponariño, la Secretaría de Gestión Ambiental de la Alcaldía de Pasto y la Policía Nacional evaluó el estado de un árbol Urapán que, durante años, hizo parte del paisaje urbano y de la memoria cotidiana de la comunidad.
Lo que encontraron no fue alentador. El árbol presentaba un deterioro avanzado, producto de intervenciones inadecuadas y malas prácticas realizadas por algunos habitantes del sector. Las afectaciones acumuladas comprometieron de manera irreversible su estructura y su salud biológica.
Pese a los esfuerzos técnicos y al acompañamiento institucional, no fue posible su recuperación. La decisión de autorizar su apeo no fue tomada a la ligera, sino como el resultado de una evaluación responsable frente a un organismo que ya no podía sostener su ciclo de vida.
Más allá del procedimiento técnico, la situación deja un vacío que va más allá de lo físico. El árbol, que por años aportó sombra, oxígeno y equilibrio ambiental, hoy deja un espacio silencioso que invita a la reflexión sobre el impacto de nuestras acciones en el entorno urbano.
Las autoridades reiteran que cada árbol en la ciudad cumple funciones esenciales: mejora la calidad del aire, regula la temperatura, protege el suelo y aporta bienestar a la comunidad. Su cuidado no es solo una tarea institucional, sino una responsabilidad compartida entre ciudadanía y autoridades.
Este caso se convierte en un llamado urgente a la conciencia ambiental: evitar prácticas que dañen la vegetación urbana, respetar los espacios verdes y reportar oportunamente cualquier afectación ante las entidades competentes.
Porque cuando un árbol cae, no solo se pierde naturaleza; también se pierde un fragmento de vida, memoria y futuro para la ciudad.


