¡Un año más!

Por: Nilsa Villota

Últimamente el tiempo parece correr sin descanso: los minutos, las horas y los meses galopan como caballos desbocados, sin darnos tregua. En su veloz paso se llevan nuestras vivencias cotidianas, nuestros recuerdos, nuestras palabras no dichas y también nuestros sentimientos, a veces llenos de alegría, otros marcados por la tristeza o por algún desamor que dejó huella en el corazón.

Es inevitable mirar atrás y sentir nostalgia. Aquellos niños que un día fueron nuestros bebés hoy son jóvenes llenos de sueños, ímpetu y deseos de libertad. Crecieron sin pedir permiso, mientras nosotros fuimos madurando con ellos, aprendiendo a soltar, a confiar y a entender que cada etapa tiene su tiempo. Y en ese mismo camino, muchos de nuestros padres, madres y abuelos ya no caminan a nuestro lado; hoy habitan un plano distinto a este terrenal, pero siguen presentes en la memoria, en las enseñanzas y en el amor que sembraron en nosotros.

El tiempo no se detiene, pero también nos regala transiciones hermosas. Nos enseña a valorar lo simple, a agradecer los encuentros y a comprender que cada despedida deja una lección. Para mí, el fin de año —y especialmente el mes de diciembre— tiene una magia única. Es un tiempo que nos invita a detenernos, a mirar hacia adentro y a reencontrarnos con lo esencial. Es una época que se vive con la ilusión de los niños, pero sobre todo con la fe, la creencia y el respeto profundo por Dios y por el misterio de su nacimiento.

Vivimos la novena en familia, compartiendo alimentos, risas y conversaciones que nos acercan. Sin embargo, lo más importante no es lo material, sino la oración compartida y el hacer partícipes a las nuevas generaciones de estas tradiciones. Enseñarles a orar, a agradecer y a creer es sembrar una semilla que dará fruto con el paso de los años. Así, la fe y las creencias no se pierden, sino que se fortalecen y perduran en el tiempo.

Los nueve días culminan con el nacimiento de Jesús, un acontecimiento que simboliza el renacer en los corazones de la humanidad. Con su llegada afloran los buenos sentimientos, la solidaridad, el perdón y la esperanza. Cada año nace Jesús, y con Él renace la posibilidad de ser mejores, de amar más y de vivir con mayor conciencia del valor de la vida y de la eternidad.

Al cerrar el año nos preparamos para celebrarlo con alegría, agradecidos por la familia que nos acompaña y por los momentos compartidos. Pero también se hace presente una tristeza silenciosa, porque recordamos con amor y nostalgia a aquellos seres queridos que hoy están en el cielo. Su ausencia duele, pero su recuerdo nos abraza y nos impulsa a vivir de una manera más plena y agradecida.

Y es que, al salir del plano de la razón y adentrarnos en el plano espiritual, entendemos que esta vida, sin la esperanza en Dios, sin el amparo de la Virgen y sin la promesa de la eternidad, se convertiría en un tiempo frío e inhumano. A medida que pasan las horas, somos más conscientes de que el tiempo es limitado y de que cada día es un regalo irrepetible.

Por eso, en este cierre de año, abracemos sin medida, amemos con sinceridad, perdonemos de corazón y deseemos un feliz año con palabras que nazcan del alma. Vivamos con gratitud, entreguemos cada día en oración al Creador y recibamos con humildad la bendición de la vida, celebrando con fe, esperanza y amor un año más.