Ultraprocesados: ¿Una adicción real o la trampa del marketing sensorial?

La estimulación a través del marketing sensorial para elevar el consumo de ultraprocesados y maximizar las ventas pone en discusión el precio que se paga con la salud.

El consumo de ultraprocesados en Colombia y América Latina sigue siendo preocupante, pero la industria detrás de estos productos continúa adelante con sus estrategias de marketing para seguir incentivando su consumo.

En Colombia, 1,9 billones de pesos por impuestos saludables recaudados provienen de los ultraprocesados. Es una cifra alta que revela el alto consumo cotidiano que tienen estos, según datos del ANIF – Centro de Pensamiento Económico

Esta tendencia es especialmente preocupante en la población infantojuvenil, donde la literatura científica muestra una asociación clara entre el consumo de estos productos y un empeoramiento de los indicadores de salud y riesgo de patologías crónicas.

Algunos se refieren a esto como «adicción», pero es algo más complejo, según explica Juan Revenga, profesor y director del Grado en Nutrición Humana y Dietética de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades.

«Los ultraprocesados están cuidadosamente diseñados para que los compremos», afirma Revenga. «No me parece adecuado poner al mismo nivel la preferencia por estos productos con la dependencia que generan el tabaco o el alcohol. Hablar en término de “adicción” puede  trivializar las dependencias graves»

Sin embargo, tras estos productos existe un minucioso trabajo de marketing sensorial. La industria cuida detalles como el aroma, la textura o el «efecto crunch» (el sonido al morder), elementos que apelan a los sentidos para generar placer y satisfacción de forma consciente o inconsciente. Su fin último, según explica el experto de VIU, es mejorar su balance de cuentas; las multinacionales alimentarias no son ONGs para mejorar la salud.

Uno de los grandes mitos alimentarios es que comer sano resulta excesivamente caro. No obstante, Revenga señala que la barrera es más compleja: influye el poder adquisitivo, pero sobre todo la falta de tiempo y el deterioro de las habilidades culinarias.

«En apenas una generación hemos perdido una herramienta fundamental: saber cocinar y organizar menús», lamenta el experto. «Esta falta de recursos, sumada al estrés, convierte al ultraprocesado en un “refugio emocional” rápido y accesible ante el agotamiento. Aunque una dieta saludable implica un aumento muy leve por persona al día, se requiere de una capacidad de gestión doméstica que, aun no siendo complicada, se está perdiendo».

Ante un etiquetado que a menudo confunde al consumidor con reclamos como «light» o «rico en fibra», que no garantizan que un producto sea saludable, por eso la figura del dietista-nutricionista emerge como un profesional necesario.

Para Revenga, su labor va más allá de «poner dietas». Más bien actúa como un escudo que ayuda a «desaprender» mensajes erróneos y a recuperar la autonomía en la compra y en el hogar, y como experto, recomienda responderse estas tres preguntas para evitar la manipulación a la ora de elegir nuestros alimentos:

1. ¿Tiene demasiado «autobombo»?: Desconfíe de los productos con exceso de reclamos nutricionales; los alimentos saludables suelen ser “mudos”.

2. ¿Esto se cocina?: Si el producto solo requiere abrir y comer (o calentar), es una señal de alerta.

3. ¿Mercado o supermercado?: Priorice el mercado y los alimentos que simplemente parecen lo que son: alimentos.

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