Este Domingo 18 de enero de 2026 se desarrolla la segunda y última jornada de la «Papatón 2.0», iniciativa solidaria que busca conectar directamente a los campesinos productores de papa con los consumidores finales, eliminando intermediarios y generando beneficios económicos tanto para los agricultores como para las familias urbanas que pueden adquirir productos frescos y de calidad a precios justos. La jornada, que comenzó ayer Sábado 17 y finaliza hoy a las 5:00 de la tarde, se ha convertido en un espacio de encuentro, solidaridad y conciencia sobre la importancia fundamental de apoyar la agricultura nacional y valorar el trabajo de quienes producen los alimentos que llegan a nuestras mesas.
Los dos principales puntos de venta establecidos estratégicamente en Bogotá —la rotonda de la calle 134 con carrera 58 y la rotonda frente al circuito acuático del Parque Simón Bolívar— han registrado desde temprano una afluencia constante de ciudadanos conscientes que, más allá de buscar un buen precio, quieren contribuir directamente al bienestar de las familias campesinas que dedican su vida al cultivo de papa, uno de los productos más importantes de la canasta familiar colombiana y base fundamental de la alimentación nacional.
La «Papatón 2.0» surge como respuesta a una crisis estructural que afecta profundamente al sector agrícola colombiano: la enorme brecha entre los precios irrisorios que reciben los productores por sus cosechas y los valores finales que pagan los consumidores en supermercados y tiendas. Esta diferencia abismal, que en muchos casos representa márgenes superiores al 300% o 400%, es capturada por intermediarios, transportadores y comercializadores, mientras que los campesinos —quienes asumen todos los riesgos climáticos, fitosanitarios y financieros de la producción— apenas reciben una retribución que les permite sobrevivir precariamente.
Testimonios desgarradores compartidos en redes sociales por productores de papa de Cundinamarca, Boyacá y Nariño han revelado la dura realidad del campo colombiano: agricultores que invierten entre seis y ocho meses de trabajo continuo, recursos económicos significativos en semillas certificadas, fertilizantes, control de plagas y mano de obra, solo para descubrir al momento de la cosecha que los precios ofrecidos por los compradores mayoristas no alcanzan siquiera para recuperar los costos de producción. A esto se suma la presión constante de entidades financieras exigiendo el pago de créditos agrícolas, la falta de apoyo gubernamental efectivo y sostenido, y la competencia desleal de productos importados que ingresan al país sin los mismos estándares de calidad ni las restricciones que enfrentan los productores nacionales.




