TODOS NECESITAMOS CONVERTIRNOS

Estamos en período de Cuaresma, tiempo propicio para corregir errores y esforzarnos para resucitar con Cristo a una vida nueva. Sin embargo, para algunos, este tiempo pasa desapercibido. Para otros, es sólo una costumbre.

Hay quienes hacen algunos sacrificios tanto para controlar la comida y la bebida, como para unirse a la Pasión de Jesús, ofreciendo sus privaciones para el perdón de los pecados, propios y ajenos. Es laudable su sacrificio y no se le puede menospreciar, pero todos esperaríamos que este control fuera más permanente, por su propio bien y por el bienestar de la familia.

Por lo contrario, no faltan quienes se consideran casi perfectos y no reconocen sus propios errores. Echan la culpa a los demás de todo, pero ellos no aceptan estar fallando también. El peor defecto es no aceptar los propios errores.

La cuaresma se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Reconocer que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos.

El ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, es un ejercicio insustituible en el camino de la conversión. Para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad.

El ayuno debe incluir otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio. Una forma muy concreta y poco apreciada, es abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Desarmemos el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos  por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación, etc. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

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