La Milán-San Remo siempre ha sido la «clásica de los sprinters» o de los rodadores de vatios absolutos. La física dictaba que un corredor de 66 kilos como Tadej Pogačar perdería fuelle en el llano frente a los «monstruos» como Mathieu van der Poel, cuyo vataje absoluto es capaz de triturar el asfalto. Sin embargo, la edición de 2026 será recordada como el día en que la técnica y la preparación específica vencieron a la fuerza bruta.
El secreto de los Alpes chilenos vs. el entrenamiento en Mónaco Mientras Tom Pidcock se preparaba a más de 2000 metros en los Alpes chilenos buscando una ventaja hematológica, Pogačar optó por la finura técnica. Su obsesión lo llevó a contactar con Niccoló Bonifazio, un veterano del descenso, para «dibujar» las trazadas perfectas en la Cipressa y el Poggio. Esa ganancia marginal le permitió ahorrar vatios críticos en las bajadas, llegando con la frescura necesaria para batir a un Pidcock que parecía invencible tras su paso por la Milán-Turín.
UAE: Un equipo de «secuaces» de lujo El trabajo de McNulty y el joven prodigio mexicano Isaac Del Toro fue la clave para lanzar a Pogačar en la Cipressa. Al convertir la ascensión en un «misil a la luna», el UAE eliminó a los sprinters puros y dejó a Van der Poel sin el terreno llano necesario para imponer su ley. Fue una victoria construida en el túnel de viento, en las carreteras de entrenamiento de Mónaco y en el coraje de un ciclista que ya no solo sube mejor que nadie, sino que desciende con la audacia de un piloto de motociclismo.



