Este domingo es ya el 21 del Tiempo Ordinario. El Evangelista Lucas (13,22-30) nos muestra un episodio en el que alguien se acerca a Jesús para formularle una pregunta; tal ves es una pregunta que muchos nos hemos hecho en alguna oportunidad: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?», Jesús aprovecha para dar algunas lecciones importantes sobre la entrada en el Reino eterno.
1. Esfuércense en entrar
En muchas oportunidades la Sagrada Escritura deja claro que la salvación es fundamentalmente un don de Dios. Él es quien salva. Sin embargo, Jesús nos llama la atención y nos dice que, si bien la salvación viene de Dios, a este don debemos corresponder con compromiso personal. Para ello usa la imagen de la “puerta estrecha”, que significa esfuerzo.
Es cierto que Dios salva, pero Él espera de nuestra parte la cooperación con la voluntad, y la decisión de ajustar todos los días, en palabras y acciones, nuestra vida a su Santísima voluntad. En resumen: primero está la insustituible gracia de Dios, pero en segundo lugar nuestra cooperación consciente con el compromiso de una vida coherente.
2. No basta pertenecer, hay que ser
Con esta frase quiero profundizar la advertencia que Jesús hace. No nos podemos confiar. No es suficiente con haber sido bautizados y llevar el nombre de cristianos. La vinculación a Cristo es fundamental, como la puerta que nos da entrada al Reino. Pero no basta llamarnos cristianos y vivir completamente desentendidos de la tarea que Él nos ha confiado.
Cuando tengamos que comparecer ante Dios en la eternidad, presentarle nuestra partida de bautismo no será suficiente si durante la existencia no nos preocupamos por tener una relación estrecha con el Señor y no nos esforzamos en llevar a la vida, con gestos concretos como las obras de misericordia, todo lo que Él nos enseñó.
3. Últimos aquí para ser primeros allá
Uno de los esfuerzos en este camino hacia el cielo pasa por entender que no se trata de sobresalir, de poner primero el yo, el ego. El orgullo, la vanidad, el afán de reconocimiento nos pueden traicionar y terminar arruinando el legítimo deseo que todos deberíamos tener de alcanzar la salvación.
No olvidemos que en la raíz de todos los pecados humanos, comenzando por el pecado original está esa actitud orgullosa de pretender desconocer la primacía de Dios en nuestra vida. Dejemos de desgastarnos por buscar glorias para este mundo y pongámonos en la obra de comprometernos, de donarnos en servicio a los demás, en hacer el bien a nuestro prójimo en esta vida, con la esperanza de servir a Dios y abrirnos un camino firme hacia el cielo.
Por: Mons. Juan Carlos Cárdenas Toro

