Por Mauricio Fernando Muñoz Mazuera
Faltan apenas doce días para que la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de San Juan de Pasto conmemore un nuevo onomástico. Desde hace meses se ha informado que, dadas las particularidades del momento, no habrá grandes celebraciones culturales ni eventos masivos alrededor de esta fecha. Y aunque las circunstancias pueden explicar muchas cosas, hay una pregunta que no deja de rondar mi cabeza: ¿qué estamos haciendo los pastusos para honrar nuestra ciudad?
Me pregunto cuántas instituciones educativas realizarán un acto cultural o izarán con orgullo el tricolor municipal. Cuántos docentes hablarán a sus estudiantes sobre personajes como Agustín Agualongo, José Rafael Sañudo, Luis “Chato” Guerrero, Alberto Quijano Guerrero, Julián Bucheli, Maruja Hinestroza, Luis Felipe de la Rosa, el siervo de Dios Francisco de Jesús Bolaños o Gonzalo Rodríguez. Cuántos saben que detrás de las calles que recorren diariamente existe una historia inmensa que merece ser contada. Muchos jóvenes identifican la bandera de Pasto gracias al Deportivo Pasto, y eso está bien. Pero una ciudad no puede reducirse a un equipo de fútbol o a una temporada de carnaval. El sentido de pertenencia no puede aparecer solamente cuando llegan enero y las fotografías para las redes sociales.
Porque aquí parece que todo se resume al Carnaval de Negros y Blancos. ¡Epa! ¡Qué felicidad! Hagamos reinados, festivales y ceremonias para justificar lo poco y nada que hacemos durante el resto del año; para legalizar recursos y seguir alimentando esa puerta giratoria en la que algunos parecen disfrutar eternamente de la cultura, mientras la identidad profunda de la ciudad continúa relegada al olvido.
La contradicción es evidente. Estamos a pocos días del onomástico de Pasto y el tricolor municipal no ondea con la dignidad que merece en lugares visibles de la administración. Sin embargo, sí encontramos otras banderas multicolores desdeñables que parecen haberse convertido en una costumbre obligatoria para ciertas épocas del año. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿somos pastusos o simplemente aparentamos serlo cuando conviene?
Porque ser pastuso es una gracia. No a cualquiera le fue concedido nacer a las faldas del volcán Galeras. No cualquiera tiene el privilegio de contemplarlo cada mañana, recorrer los paisajes que rodean el Lago Guamuez o admirar la majestuosidad de nuestros templos. Somos herederos de una historia extraordinaria, de un pueblo que ha sabido levantarse una y otra vez. Sin embargo, pareciera que el amor por Pasto se queda en el discurso. Lo proclamamos de boca para afuera, pero pocas veces lo demostramos con acciones concretas. Sacamos pecho cuando se habla del carnaval, pero guardamos silencio cuando se trata de defender la historia, los símbolos y la memoria colectiva de nuestra ciudad.
Todavía estamos a tiempo, desde las instituciones educativas, los docentes, las organizaciones sociales y todos los ciudadanos de recordar que el próximo 24 de junio celebramos el onomástico de la ciudad que nos vio nacer o crecer; la ciudad donde viven nuestros padres y nuestros abuelos, donde descansan nuestras raíces y donde siguen floreciendo nuestros sueños. Si la administración considera que este no es el momento para celebrar, allá ellos y sus prioridades. Ya llegará el momento en que expliquen cómo terminan legalizando los recursos a través de las corporaciones fachada. Pero los pastusos no necesitamos permiso para sentir orgullo por nuestra tierra.
Pasto merece mucho más que excusas. Al final, la mejor manera de honrar una ciudad no es con discursos vacíos ni con eventos multitudinarios, sino con memoria, respeto y sentido de pertenencia. Porque no se nace en vano a los pies de un gigante dormido.




