En las agitadas calles de Lima, Perú, una pequeña figura se abre paso entre el tráfico y el bullicio cotidiano. Se trata de Silvia Conde Atunca, una mujer que padece acondroplasia y diversas malformaciones congénitas que limitan su movilidad física, pero cuya fortaleza mental y compromiso con el bienestar animal no conocen barreras. Cada golosina o caramelo que comercializa a diario tiene una meta clara y urgente: garantizar el alimento, la medicina y el refugio de los 48 animales que ha rescatado de la calle.
Actualmente, Silvia tiene bajo su entera responsabilidad a 35 perros y 13 gatos. Lo que para cualquier transeúnte representa el gasto de unas pocas monedas al comprar una golosina, para ella significa la certeza de que esa noche habrá un plato de comida lleno en su hogar.
La labor humanitaria de Silvia no es un fenómeno reciente ni una moda pasajera de redes sociales. Sus primeros pasos en la protección animal se hicieron públicos en el año 2016, cuando la televisión pública peruana documentó su extensa rutina diaria. En aquel entonces, con 30 años de edad, Silvia emprendía trayectos desde su vivienda en el distrito de Carabayllo hasta el concurrido sector comercial de Megaplaza.
Para esa época, ya velaba por la salud de 22 animales rescatados, entre ellos siete perros, siete gatos, cuatro palomas y cuatro loros, varios de los cuales padecían enfermedades severas o secuelas de maltrato al momento de ser acogidos. Los escasos ingresos que obtenía en las jornadas callejeras debían dividirse estrictamente entre:
- Alimentación diaria: Compra de sacos de alimento balanceado para especies con distintas necesidades nutricionales.
- Salud preventiva: Financiamiento de esquemas de vacunación, desparasitación interna y externa.
- Atención veterinaria: Consultas de urgencia e intervenciones quirúrgicas para animales atropellados o enfermos.
Un decenio después de que su caso saliera a la luz por primera vez, la cifra de animales bajo su protección casi se ha duplicado. La reciente viralización de su historia en plataformas digitales ha generado una ola de empatía entre los transeúntes y comerciantes locales, quienes frecuentemente se acercan para colaborar con el transporte de sus bolsas, donar insumos o adquirir sus productos.
Silvia demostró que no se requiere de una gran infraestructura ni de presupuestos millonarios para transformar realidades. Su esfuerzo constante desde el comercio informal la ha posicionado como un referente de superación personal y empatía en América Latina.

