¿Sigue siendo Pasto una ciudad tranquila?

Por: Alina Constanza Silva

Por años hemos repetido, con cierto orgullo ingenuo, que Pasto es una ciudad tranquila. Lo decimos como mantra en conversaciones con foráneos, lo reafirmamos en redes sociales cada vez que vemos arder a otras ciudades. Y sí, en comparación con Cali, Medellín o Bogotá, aún respiramos un aire menos cargado de sangre. Pero basta salir a caminar por la ciudad o leer la prensa local con atención para darse cuenta de que esa tranquilidad empieza a agrietarse.

No se trata de sembrar pánico, ni de negar los logros de las autoridades. Las cifras están ahí: en 2022, Pasto registró apenas 41 homicidios, el número más bajo en casi una década. Un logro que comparten la Alcaldía, la Policía y el Ejército, sin duda. También se ha reducido el hurto a residencias y vehículos. Pero ¿y entonces por qué tanta gente se siente insegura?

La respuesta es sencilla: porque lo están. Y no solo por lo que sucede, sino por cómo sucede.

En los últimos meses, hemos visto robos descarados a plena luz del día en almacenes del centro, con clientes indefensos como testigos. Hemos escuchado de atracos cada vez más frecuentes en zonas como la comuna 10, donde el tráfico denso permite a los delincuentes escapar sin problema. Y lo más grave: hace apenas unas semanas, las autoridades encontraron una moto cargada con explosivos abandonada en esa misma comuna. Por fortuna fue desactivada, pero el mensaje fue claro: ya no es solo el ladrón de celulares quien amenaza la seguridad. Hay otros actores más organizados, más peligrosos que empiezan a rondar.

Y mientras tanto, nosotros seguimos repitiendo como loros que Pasto es tranquila. ¿Tranquila para quién? ¿Para el burócrata que sale escoltado de su oficina? ¿Para el que no toma bus, no camina por el centro y vive en una burbuja con portero? Porque para el ciudadano común, la señora que abre su tienda a las 6 a. m. o el joven que estudia de noche, la historia es otra.

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 ¿Cuántas cámaras de seguridad funcionan realmente? ¿Cuántos patrullajes se hacen en los barrios periféricos? ¿Por qué solo reaccionamos cuando aparece una bomba?

Y no, no estamos diciendo que Pasto sea una zona roja. Pero tampoco caigamos en el infantilismo de creernos ajenos a lo que ya pasa en Tumaco o Ipiales. Somos parte de un mismo territorio y el crimen no respeta fronteras. Lo que hoy es un susto aislado, mañana puede ser una rutina.

Si queremos seguir llamándonos ciudad tranquila, habrá que ganarnos de nuevo ese título. No con discursos ni hashtags, sino con presencia institucional, justicia oportuna y, sobre todo, respeto por la inteligencia del ciudadano. Porque la inseguridad no siempre se mide en muertos, pero sí se siente en cada esquina donde dejamos de confiar.