Sígales la corriente y dígales que ya les envía 

 JORGE HERNANDO CARVAJAL PÉREZ

Afortunadamente, hace mucho tiempo tomé una decisión que hoy agradezco: no contesto números no identificados. Puede parecer una medida simple, incluso exagerada para algunos, pero en el contexto actual se ha convertido en una forma efectiva de autoprotección. Estoy convencido de que esa costumbre me ha librado de caer en intentos de extorsión cada vez más frecuentes y sofisticados.

No es un secreto que hoy abundan las llamadas de supuestos “comandantes guerrilleros” que, con tono amenazante, aseguran tener información sobre uno o la familia. Su libreto suele incluir historias urgentes: que necesitan ayuda inmediata para conseguir medicamentos imposibles de encontrar o que están en una situación crítica que solo se resuelve con dinero. Todo, por supuesto, termina en la misma exigencia: consignar plata lo más rápido posible.

Mis amigos me lo confirman a diario. No pasa una jornada sin que alguno reciba una llamada de este tipo. Muchos de estos contactos, según se comenta, se originan desde las cárceles, donde redes criminales organizan estas estrategias de engaño. Y aunque las modalidades evolucionan, todavía sobreviven clásicos como el “tío, tío” o el falso familiar en apuros, que apela a la emoción y al susto para presionar decisiones apresuradas.

Lo cierto es que las extorsiones telefónicas se han disparado de manera preocupante. Ya no son casos aislados, sino una práctica sistemática que busca aprovecharse del miedo y la desinformación. Por eso, más que nunca, es necesario actuar con cabeza fría y adoptar medidas preventivas.

Mi consejo es claro: no contestar números desconocidos o “fantasma”. Si la llamada es realmente importante, la persona encontrará la manera de comunicarse por otro medio o dejar un mensaje claro. Ahora bien, si alguien decide contestar, también hay espacio para desarmar la situación con algo de humor y malicia. “Mamarle gallo” al extorsionador, seguirle la corriente sin tomárselo en serio, puede ser una forma de quitarle poder a la amenaza.

Lo digo por experiencia. En el pasado, cuando aún respondía esas llamadas, optaba por escucharlos con calma, incluso fingía asustarme para darles confianza. Luego, con total tranquilidad, les decía que ya había hecho la consignación. La reacción solía ser de expectativa… una espera que, por supuesto, todavía deben estar sosteniendo.

No se trata de jugar con fuego, sino de entender que el miedo es su principal herramienta. Informarse, desconfiar y no actuar impulsivamente son, hoy por hoy, las mejores defensas frente a este delito en crecimiento.

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