En muchas familias, ser la hermana mayor no solo significa llegar primero al hogar. Desde la infancia, este rol suele implicar responsabilidades que van mucho más allá de las propias necesidades de crecimiento y juego. Cuidar de los hermanos menores, apoyar en las tareas domésticas y servir como ejemplo se convierten en tareas que moldean la personalidad y la manera en que estas niñas aprenden a relacionarse con el mundo.
Este “trabajo invisible” se da de forma naturalizada: mientras los adultos confían en la hermana mayor para acompañar y proteger a los más pequeños, ella va asumiendo funciones de cuidado sin cuestionar si le corresponden o no. Con el tiempo, estas experiencias marcan su identidad. Muchas desarrollan un fuerte sentido de responsabilidad, capacidad de organización y empatía, pero también pueden cargar con una presión emocional que limita espacios de libertad, juego y exploración personal.
En la adolescencia y adultez, las huellas de este papel temprano se manifiestan en diferentes ámbitos. Algunas mujeres reconocen que se sienten más preparadas para enfrentar situaciones de crisis y liderar, mientras que otras experimentan la sensación de haber tenido que madurar demasiado rápido. La balanza entre lo positivo y lo desafiante depende de factores como el acompañamiento familiar, el reconocimiento de su esfuerzo y la posibilidad de disfrutar también de su propia infancia.
Ser hermana mayor desde niña es, en muchos casos, una experiencia ambivalente: forja carácter y fortalece vínculos, pero también deja la enseñanza de que los cuidados no deberían recaer únicamente en una persona, y menos aún en alguien que apenas comienza a descubrir la vida.

