Mauricio Muñoz.

El sentido de las cosas

Queridos lectores, hoy los quiero confrontar con dos hechos de la vida real, para que ustedes mismos saquen sus propias conclusiones frente al sentido del tema que quiero desarrollar. Hace algunos días se graduó de la universidad un muy buen amigo mío, los papás de él decidieron hacer una fiesta para celebrar este acontecimiento, invitaron a una gran cantidad de familiares y allegados, alquilaron el mejor salón para desarrollar el evento, no escatimaron esfuerzos en la organización de la recepción, con una gran variedad de platos y las mejores bebidas para disfrutar del momento, igualmente contrataron un Dj que amenizo la fiesta. Llegada la hora de la celebración, todos estábamos muy contentos, pero el graduado no se encontraba en ningún lugar, cuando me acerque a preguntar dónde estaba él, nadie supo darme razón, parecía que no lo habían invitado a su propia celebración.

Meses atrás asistí a la fiesta de cumpleaños de un personaje muy importante de la sociedad, este evento se llevó a cabo en el mejor salón de la ciudad, lugar que estaba decorado con flores y luces asemejando una obra de arte, los hombres invitados debíamos asistir con frac, mientras que las mujeres con vestido de coctel, era una reunión realmente elegante. Cuando llego la hora de partir la torta, la esposa del cumpleañero dio unas palabras y apago las velas, y el homenajeado, por ningún lado, y realmente parecía que a nadie le importaba.

Ahora les consulto a ustedes apreciados lectores, ¿Este tipo de celebraciones tienen lógica?, ¿Creen que es adecuado celebrar sin la presencia del homenajeado? Pues señoras y señores, eso es lo que hacemos la mayoría de nosotros en estas fechas, nos ponemos gorros rojos, bufandas verdes, narices de renos y orejas de elfos pensando que esa es la navidad, olvidando que sin la presencia Cristo, esta celebración no existiría. Corremos por todos los almacenes para buscar obsequios, movidos por un consumismo frenético, pero olvidamos a nuestro prójimo, a aquel que pasa frio en las calles, el que está enfermo o sufre por el rigor de la vida.

Parece ser que un gordito bonachón en traje rojo tiene más relación con la navidad que aquel niño que nació en un pesebre hace más de dos mil años, y decimos incluso que Jesús no existió y que es más una leyenda romántica, pero si les inculcamos a los pequeños que hay que hacer la carta dirigida al Polo Norte para pedir los obsequios a Papa Noel. En las calles y las casas se escuchan aquellas melodías de antaño, cantadas por Pastor López, Lisando Mesa, Rodolfo Aicardi, Gustavo Quintero, Guillermo Buitrago entre otros, pero los villancicos, desterrados del ambiente sonoro de la ciudad, o mejor, los villancicos, en la iglesia, y Lisandro, en cada esquina de la ciudad. Y es que la misma iglesia tampoco ayuda para que nos centremos en el verdadero motivo de celebración, colgando en cualquier esquina de la novena de aguinaldos la palabra “sínodo”, como si se quisiera a la brava que la feligresía participe de un proceso que ni los mismos sacerdotes entienden por qué y el para que se hace, tapando con tanta parafernalia, el misterio salvífico de la redención.

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Cristo se da a nosotros en la imagen de aquel niño indefenso, nacido en un pobre portal, bajo el abrigo de las pajas y la respiración de los animales circundantes, su madre María y su padre José contemplan su fragilidad y le asisten en su primeras horas terrenales, pronto el Gloria in excelsis Deo lleva a los pastores, humildes pero amados por Dios, a adorar al Emanuel, más tarde los sabios de oriente llegarán y ofrecerán sus dones al recién nacido, y en medio de este cuadro tan inverosímil para los ojos del hombre, pero tan perfecto para los planes de Dios, se encierra la buena nueva de salvación, la promesa cumplida y la certeza que el Eterno estará con nosotros siempre, siendo esperanza en medio de las vicisitudes, hasta el final de los tiempos.

Recuerden esto, no hay navidad sin Cristo, y si quitamos al Mesías de esta celebración, solo están participando de un evento frio y sin sentido, porque no hay otro motivo para la alegría de estos días que Jesús y su nacimiento, hecho tan trascendental, que a pesar de tantas corrientes ideológicas que buscan a toda costa borrar a Dios de nuestras vidas, partió la historia de la humanidad en dos, antes de él y después de él, principio y fin de todo.