Enrique A. Gutiérrez T., S.J.
Con frecuencia, cuando viajamos por tierra, las señales en la carretera nos van indicando qué tan cerca o lejos nos encontramos del lugar hacia el cual vamos. Esas señales nos van dando la seguridad de que estamos en lo correcto, nos van suministrando información complementaria y nos ayudan a ubicarnos. Recuerdo también los seguimientos de pista realizados con los scouts, los juegos en los cuales se van siguiendo señales. Todo me lleva a la misma conclusión: por qué no acertamos en el camino, por qué nos apartamos del sendero correcto. Las señales son inequívocas, ¿dónde está la falla?
Los textos de este domingo nos orientan en este sentido. La primera lectura nos dice que el profeta será convertido en “luz de las naciones”, es decir, en alguien que va ayudando a seguir el camino correcto, a caminar hacia el Señor. El apóstol Pablo en la segunda lectura se llama a sí mismo “apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios” convirtiéndose en otra señal para llegar a Cristo Jesús. Es otra ayuda en el camino.
El texto del evangelio nos habla de Juan el Bautista, quien señala al Cordero de Dios, y de quien él ha dicho que es más que Juan el Bautista y comparte la señal que le permitió reconocerlo como el Dios hecho hombre. El camino para Juan era claro para afirmar que aquel a quien él bautizó era el Hijo de Dios. Podemos decir que Juan fue al mismo tiempo camino y señal para llegar a Dios. Lo afirmó el profeta Isaías y Juan lo repitió “soy la voz que clama en el desierto, el que prepara el camino del Señor”. Las señales eran claras, nadie podía perderse en su búsqueda del Mesías, el ungido del Señor.
Sin embargo, hoy, cuando las cosas han evolucionado tanto, nos perdemos con mayor facilidad, no sabemos seguir las indicaciones que nos dan y así todo se complica, la desorientación es grande y no logramos el objetivo que perseguimos. Al mismo tiempo, si seguimos las falsas señales nos podemos perder. ¿Qué hacer entonces? Reconocer que nos hemos desorientado, saber preguntar para retomar el camino acertado, revisar nuestro plan de ruta y corregir las posibles fallas que hayamos tenido. Solo así podremos llegar a la meta anhelada y deseada.
Pienso que en la situación actual del mundo hay muchas personas que se encuentran desorientadas, que se sienten solas y perdidas en el camino de la vida. Estamos llamados a ser como esos copilotos de viaje en una carrera de observación, atentos a las señales, diligentes en ayudar a encontrar el sentido correcto de las instrucciones y que hacen que el recorrido sea más llevadero. Ese es el papel de quienes orientan a otros en el camino de la vida. Esa era la misión de Juan el Bautista. Esa es nuestra misión como bautizados y enviados a preparar el camino del Señor.
Saber seguir señales de pista es todo un arte y en el camino de nuestro compromiso cristiano lo es más, dado que las señales se pueden perder, las personas se pueden desorientar y todos podemos desenfocarnos de nuestro objetivo. Es importante, y más en lo espiritual, seguir las instrucciones que nos dan en el camino de la vida.




