Por: Carlos Santamaría
Durante esta semana se desarrolló un evento reflexivo bajo la coordinación del profesor doctor Jhosman Barbosa y el acompañamiento de un equipo interdisciplinario, con la participación de expertos de Eurasia, África y América, quienes expusieron la realidad actual que ha provocado esta filosofía.
En 1823, el quinto presidente de Estados Unidos, James Monroe, a instancias de la clase dominante estableció la política según la cual ninguna nación europea podría intervenir en el continente y, de hacerlo, sería considerado un acto de guerra. Posteriormente se agregaron diversos protocolos desde 1880 que definieron al gobierno estadounidense como protector de su área de influencia exclusiva, complementado con una cláusula que otorgaba el poder autónomo de intervenir en las repúblicas si consideraba que sus intereses y empresas estuvieran amenazadas, decidiendo finalmente que tenían la facultad de torcer la gobernanza incluso.
Esta claridad fue realizada en este seminario enriquecido con las exposiciones sobre los procesos seguidos en dicha dirección confirmando el robo de más de la tercera parte del territorio de México y la apropiación del Canal de Panamá, afectando directamente a Colombia.
Los efectos de esta visión enfermiza fueron desarrollados de tal modo que la intervención ocupando naciones, imponiendo Tratados de Libre Comercio, aplicando mano dura represiva y golpes de estado que recuerdan apellidos como Pinochet, Videla, Banzer, coinciden en que la riqueza de América Latina fue transformada en pobreza inclemente que agobia día a día.
Asimismo, se explicó la temática de los desastres ambientales, las afectaciones sísmicas, una Amazonía amenazada, la minería, los problemas migratorios en Centroamérica, la OEA y la desintegración regional.
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El fundamento de esta doctrina se encuentra en el “Destino Manifiesto” o creencia en que el régimen estadounidense es el modelo de libertad y democracia por lo cual posee un derecho divino a imponerlo a cualquier costo, sea sangre, represión o coacción.
Simón Bolívar se opuso advirtiendo sobre la influencia destructiva de esta visión, predicción confirmada plenamente y que invita a construir con base en principios diferentes como la equidad y la fraternidad latinoamericana.

