Este miércoles 21 de enero, mientras la atención mediática se concentra en temas educativos, loterías y eventos deportivos venideros, el sector agropecuario de Cundinamarca —motor fundamental de la economía rural departamental y fuente de sustento directo para decenas de miles de familias campesinas— continúa desarrollando silenciosa pero determinantemente las labores productivas cotidianas que garantizan la seguridad alimentaria regional, el abastecimiento de productos frescos a Bogotá y municipios circunvecinos, y la generación de ingresos económicos para las comunidades rurales en medio de condiciones climáticas variables y realidades de mercado desafiantes.
Las condiciones climáticas de finales de enero en Cundinamarca presentan un panorama mixto para los productores agropecuarios. Por un lado, las temperaturas moderadas que oscilan entre 11°C en madrugadas y 20°C durante las tardes, combinadas con lluvias ocasionales pero no torrenciales que han caracterizado el mes, han sido generalmente favorables para el desarrollo vegetativo de cultivos principales como papa, maíz, hortalizas, flores y frutales que representan los principales renglones agrícolas del departamento. Los técnicos agropecuarios de las UMATAS (Unidades Municipales de Asistencia Técnica Agropecuaria) reportan que las plantas presentan buen follaje de coloración verde intensa indicativa de fotosíntesis activa, sistemas radiculares desarrollados adecuadamente que permiten absorción eficiente de agua y nutrientes, y formación progresiva de estructuras reproductivas (tubérculos en papa, mazorcas en maíz, botones florales en flores) sin mayores afectaciones por enfermedades fungosas que suelen proliferar en condiciones de humedad excesiva.
Sin embargo, los meteorólogos advierten sobre la posibilidad de que durante la última semana de enero y la primera semana de febrero se presente incremento en la frecuencia e intensidad de precipitaciones asociadas al posicionamiento de la Zona de Convergencia Intertropical (ZCIT) sobre la región andina colombiana, fenómeno que típicamente genera temporadas lluviosas durante primer trimestre del año. Este incremento pluviométrico proyectado genera preocupaciones entre productores porque lluvias intensas y prolongadas pueden desencadenar múltiples problemas: encharcamiento de suelos con drenaje deficiente que provoca asfixia radicular y pudriciones, incremento dramático en la incidencia de enfermedades fungosas como gota (Phytophthora infestans) y tizón tardío en papa que pueden devastar cultivos completos en pocos días si no se controlan oportunamente, dificultades logísticas para realizar labores agronómicas críticas como aplicaciones de fertilizantes o agroquímicos que requieren suelo seco, y complicaciones para cosechas oportunas de productos que alcancen madurez comercial durante periodos lluviosos.
El principal desafío que enfrentan actualmente los productores agropecuarios cundinamarqueses no es técnico-agronómico sino económico-comercial: los precios de venta de productos agrícolas en finca y en plazas mayoristas se mantienen deprimidos, muy por debajo de los niveles necesarios para cubrir costos de producción y generar rentabilidad mínima que permita sostenibilidad de las explotaciones agropecuarias familiares. La papa, principal cultivo del departamento que genera empleo directo para miles de familias en municipios como Zipaquirá, Subachoque, Tausa, Ventaquemada, Villapinzón, Chocontá y otros, se cotiza actualmente entre $350.000 y $450.000 por tonelada en plazas mayoristas como Corabastos, precios que resultan insuficientes para productores cuyos costos de producción (semillas certificadas, fertilizantes, agroquímicos, mano de obra, transporte) fácilmente superan los $12-15 millones por hectárea.
Esta crisis de precios ha motivado iniciativas solidarias como la «Papatón 2.0» desarrollada los días 17 y 18 de enero en Bogotá, donde productores vendieron directamente a consumidores finales eliminando intermediarios y obteniendo mejores retribuciones económicas. Sin embargo, estas estrategias de comercialización directa, aunque valiosas y necesarias como mecanismos de resistencia económica campesina, representan apenas una fracción mínima del volumen total producido (probablemente menos del 1-2% de la producción departamental) y no resuelven estructuralmente el problema de fondo que requiere políticas agrícolas gubernamentales más decididas y efectivas.




