¿Se vive o no la cuaresma?

P. Narciso Obando.

Es frecuente escuchar que la religión está perdiendo influencia en la “sociedad moderna”. No lo voy a negar. Pero me parece que refugiarse en esa realidad no nos estimula. Ha habido una forma de ser cristiana, que está quedando atrás. Los cambios de nuestra sociedad los arrinconan.

Incluso desde hace algún tiempo atrás, más y más personas que dicen ser “cristianas católicas” no se suman a la celebración de la cuaresma. Quizá esto se deba al modernismo cultural y religioso que tenemos ahora.

Hoy vivimos cotidianamente esta situación: Apertura del comercio durante el día y la noche. Tenemos toda clase de espectáculos todos los días, a todas horas. Nuestra sociedad, a pesar de su enorme desigualdad, siguen apegada al consumismo como en cualquier época del año. Y tenemos internet, WhatsApp, con sus inmensas posibilidades, incluso de entontecer a las personas y vaciar la interioridad.

Con profunda tristeza se observa que el ambiente cuaresmal, que la gente mayor hemos vivido, no va a volver. En la sociedad actual ya no se nota que estamos en cuaresma, aunque saquemos el Santísimo por las calles y hagamos públicamente otros muchos signos. Asumamos que la fuerza social de la Iglesia es menor que en épocas anteriores y seguirá disminuyendo. ¿Qué hacer en estas circunstancias?

Como primera medida, no volvamos al pasado ni a nada que se le parezca. Hay gente empeñada en volver al pasado, quizás confundida por ciertas predicaciones y ciertos signos emocionales.

Evitemos también la espiritualidad acumulativa. No crecemos por acumulación, ni física ni espiritualmente, sino por buena digestión y asimilación. Inevitablemente habrá un aumento de actos durante la cuaresma. Pero que sea un aumento sobrio. No abusemos de ellos. Lo que logramos por esa vía es sobrecargar a la gente que trabaja y tiene hijos pequeños, y entretener a quienes no tienen mucho que hacer. O sea, dar gusto interior.

El punto más importante es fortalecer la interioridad, fortalecer el núcleo de las personas. Cuando el ambiente es adverso, la solución no está en competir con él, sino en acrecentar el amor a Jesús, un amor apasionado.

Enseñemos a nuestra gente a orar, pero una oración centrada en Jesús. Nuestra gente ora poco; no sabe qué hacer en la oración. Oran en grupo y con canciones, con escasos tiempos para penetrar en sí mismas.

Enseñemos a la gente a orar a solas con regularidad y constancia, aunque sea costoso. Enseñemos a orar con menos palabras. Acojamos para nuestra vida el texto de Mateo: “Cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre en lo secreto. (…) Y no hables mucho en la oración. Tu Padre sabe de antemano lo que vosotros necesitáis”.

La oración personal, hecha con regularidad y constancia fortifica el núcleo de la persona y lo transforma. Desde ahí se expande la transformación al resto de la persona. Muchos rezos, sí los hay, en ciertos ambientes; mucha espiritualidad acumulativa. Oración penetrante y creciente, escasa. Y nos cuesta mucho dar este tipo de educación religiosa.

Por: P. Narciso Obando.

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