En la noche del 13 de noviembre de 1985, mientras la mayoría de los habitantes de Armero dormían, el volcán Nevado del Ruiz desencadenó una de las mayores tragedias naturales en la historia de Colombia. Su cráter, a más de 5.300 metros de altura, expulsó ceniza, gases y lava que, al entrar en contacto con el glaciar que lo cubría, provocaron una avalancha de lodo y escombros que descendió por las laderas a una velocidad implacable. El torrente arrasó con Armero y las víctimas murieron aplastadas por escombros y asfixiadas por el lodo. Armero desapareció en apenas 39 segundos, más de 25.000 personas murieron, otros miles resultaron heridas, y al menos 500 niños, según la Fundación Armando Armero, fueron dados en adopción por conductos regulares e irregulares.
Entre los casos más conocidos de las victimas es el de Omaira Sánchez, una niña de 13 años que quedó atrapada hasta el cuello. Sostenida en una rama, asistida por socorristas y filmada por periodistas, donde su agonía de 60 horas fue transmitida en directo. Cuatro décadas después, la tumba de Omaira es el rincón más concurrido de Armero, hoy un camposanto de ruinas y tumbas que combate contra la maleza.
El municipio nunca fue reconstruido. Las condiciones geológicas y el riesgo latente de nuevas erupciones hicieron inviable levantar nuevamente la ciudad. En su lugar se creó Armero-Guayabal, un nuevo asentamiento ubicado a 12 kilómetros de donde ocurrió la tragedia. El antiguo Armero se transformó en un campo santo.
Hoy, entre ruinas cubiertas de vegetación, caminos de tierra y esculturas conmemorativas, se alza el Parque Jardín de la Vida, un espacio donde familiares y visitantes recuerdan a quienes desaparecieron aquella noche. Las cruces, los nombres grabados y los altares improvisados mantienen viva la memoria de un pueblo que el tiempo no ha podido borrar..
