El Santos de 2026 es la imagen más triste del fútbol brasileño: un club histórico que tiene en su vitrina ocho títulos del Campeonato Brasileiro y la Copa Libertadores, que fue el equipo de Pelé, de Robinho y de Neymar en su primera etapa, y que hoy ocupa el decimoquinto lugar del Brasileirao con apenas 22 puntos y a un solo punto de la zona de descenso directo. El empate 2-2 ante la Chapecoense esta tarde no hizo más que confirmar los problemas estructurales que persiguen al Peixe desde que regresó de la Serie B en 2025: incapacidad para cerrar partidos ante rivales inferiores, fragilidad defensiva en los momentos más inoportunos y una dependencia total de Neymar que se vuelve más peligrosa cada semana porque el astro llegó al partido de esta tarde después de dos meses y medio sin jugar con el club, regresando apenas de la Copa del Mundo donde Brasil fue eliminado en octavos por Noruega.
Lo que hace especialmente dramática la situación del Santos es que el técnico Cuca heredó un equipo con problemas que van más allá de lo táctico: la plantilla tiene desequilibrios enormes entre el nivel de Neymar y el resto de los jugadores, y cuando el astro no está o no rinde al máximo el equipo simplemente no tiene los recursos colectivos para competir. El calendario que sigue es implacable para un equipo en crisis: Santos tiene por delante partidos ante rivales directos en la lucha por la permanencia donde cada punto es literalmente una cuestión de vida o muerte deportiva. La Vila Belmiro que en los años dorados era una fiesta permanente se ha convertido en un estadio donde la angustia es el sentimiento predominante, y el empate de esta tarde ante el colista no hace más que alimentar esa sensación de que el Santos no ha encontrado todavía el camino para escapar del precipicio.




