Por: Carlos Eduardo Lagos Campos
En la brisa fresca que desciende de los Andes, donde el Galeras custodia con su imponente silueta el Valle de Atriz, San Juan de Pasto celebró el 24 de junio, su onomástico, un homenaje al santo patrono San Juan Bautista, cuya devoción ha marcado la identidad de esta ciudad desde 1559. No es un aniversario de su fundación, sino una conmemoración que trasciende el tiempo, un reconocimiento al espíritu que une a los pastusos bajo la égida de su fe, su cultura y su historia. El onomástico, a diferencia del aniversario fundacional —que rememora los hitos de 1537 con Sebastián de Belalcázar en Yacuanquer o 1539 con Lorenzo de Aldana en el actual emplazamiento—, es la fiesta del nombre, del alma de una ciudad que se alza como un faro teológico en Colombia desde los días de la Independencia.
Pasto, la “Ciudad Teológica”, no ostenta este título por casualidad. Durante la gesta independentista, cuando las banderas de la libertad ondeaban entre sangre y pólvora, esta tierra fue un bastión de resistencia, reflexión y espiritualidad. En 1822, en la trágica “Navidad Negra”, las tropas de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre irrumpieron en Pasto, destruyendo actas y documentos, pero no el espíritu inquebrantable de sus gentes. La fe católica, profundamente arraigada, convirtió a Pasto en un centro de pensamiento teológico que dialogaba con los ideales de la emancipación, defendiendo su lealtad a la Corona Española con una convicción que aún resuena no sin controversia en su identidad. Como señalan diversos historiadores junto a la académica Lydia Inés Muñoz Cordero, presidenta de la Academia Nariñense de Historia, podemos concluir de sus estudios que Pasto fue el crisol donde se forjaron ideas que trascendieron lo político, ancladas en una espiritualidad que dio sentido a su resistencia.
El onomástico de San Juan de Pasto es también una celebración de su riqueza paisajística. El verdor del Valle de Atriz, abrazado por el río Pasto y los árboles que evocan el escudo heráldico otorgado por Juana I de Castilla en 1559, dibuja un paisaje que inspira tanto al poeta como al peregrino. Este escudo, descrito en la Real Cédula de Valladolid, con su castillo de plata, leones de oro y río de aguas azules y blancas, no es solo un emblema, sino un reflejo del entorno que define a Pasto: un campo amarillo y un suelo verde y oro que narran la fertilidad de su tierra y la nobleza de su pueblo.
La riqueza cultural de Pasto brilla con fuerza en esta fecha. El Carnaval de Negros y Blancos, declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, es solo una muestra de la creatividad que bulle en sus calles. Las exposiciones del Salón de Arte en San Juan de Pasto, transforman la ciudad en un lienzo donde artistas locales plasman su visión del mundo. La música, la danza y la artesanía pastusa, con sus barnices y tejidos, son un testimonio vivo de una tradición que no se estanca, sino que se renueva con cada generación.
Intelectualmente, Pasto es un faro de conocimiento. La reciente publicación del Manual de Historia de Pasto-Tomo XXVI por la Academia Nariñense de Historia, presentada en este onomástico, es un compendio que recoge la esencia de la ciudad a través de investigaciones que exploran su identidad y tradiciones. Como destacó el alcalde Nicolás Toro Muñoz, esta obra “nos habla de la identidad y las tradiciones que identifican al pueblo pastuso”. Sus páginas, escritas por nueve autores, son un mosaico de relatos que van desde los orígenes prehispánicos hasta las dinámicas contemporáneas, reafirmando el papel de Pasto como un centro de pensamiento y memoria.
En este día, el templo de San Juan Bautista y la Plaza de Nariño se convierten en escenarios de unidad. Las palabras del presidente del Concejo, Andrés Meneses, resuenan como un eco de esperanza: “Esta ciudad es de todos, debemos cuidarla y protegerla porque está llena de riquezas importantes y patrimonios culturales”. En un contexto de desafíos, el mensaje de paz y reconciliación del alcalde Toro invita a los pastusos a mirar hacia el futuro sin olvidar las raíces que nos sostienen.
San Juan de Pasto, en su onomástico, no solo celebra un nombre, sino una historia de fe, resistencia y creatividad. Es la ciudad que, desde su fundación hasta hoy, ha sabido sobreponerse a las adversidades, tejiendo un legado que combina lo teológico, lo cultural y lo intelectual en un tapiz único. Que este 24 de junio sea un recordatorio de que Pasto, con su Galeras vigilante y su pueblo indomable, sigue siendo la capital teológica de Colombia, un lugar donde el pasado y el presente se encuentran para soñar el porvenir.
