Arruabarrena sobrevive a la tormenta perfecta del inicio y la primera victoria le da un respiro que necesitaba urgentemente
Rodolfo Arruabarrena llegó a Boca Juniors en uno de los momentos más complicados que puede vivir un técnico en el club más exigente del fútbol argentino: con la presión de reemplazar a un ciclo anterior que no dejó los mejores resultados, con La Bombonera en remodelación obligando al equipo a jugar de visitante en su propia ciudad y con una hinchada xeneize que desde el primer partido exige victorias convincentes sin margen para procesos ni adaptaciones. La goleada 3-0 ante Deportivo Riestra en el debut del Clausura fue el peor inicio posible para el Vasco y generó una oleada de críticas que pusieron su nombre en la lista de los técnicos con los días contados en el cargo antes incluso de haber dirigido cinco partidos oficiales con el equipo. En el fútbol argentino y especialmente en Boca los resultados no esperan a nadie.
Lo que salvó momentáneamente a Arruabarrena fue la victoria ante Estudiantes que llegó con una actuación más convincente donde el equipo tuvo la pelota, generó situaciones y no sufrió defensivamente, las tres características que el técnico venía reclamando en las ruedas de prensa sin poder mostrarlas en el campo. El Vasco tiene experiencia en el fútbol sudamericano con pasos por clubes importantes en Venezuela y Ecuador y conoce la dinámica de los equipos grandes donde la presión es constante y los resultados son el único argumento válido para mantener la confianza de la dirigencia y la hinchada. Con el próximo partido ante Vélez Sarsfield en el horizonte y la Copa Sudamericana como frente donde el club tiene aspiraciones reales, Arruabarrena sabe que necesita encadenar victorias con urgencia porque en Boca Juniors el respiro que da una victoria dura exactamente hasta el próximo partido y no un minuto más.



