Por: Javier Recalde
Durante décadas la silenciosa revolución del campo nariñense y la narrativa predominante en Nariño fue la del éxodo rural. Se nos enseñó, casi como un dogma, que el éxito profesional estaba exclusivamente en la ciudad, que el campo era sinónimo de atraso y que la única salida digna para un joven era empacar maletas hacia Pasto, Cali, Bogotá o incluso cruzar fronteras. Sin embargo, hoy asistimos a un cambio de paradigma tan silencioso como profundo y necesario: una nueva generación de jóvenes ha decidido que su futuro no está en huir de la tierra, sino en quedarse para reinventarla desde adentro.
Este relevo generacional no debe leerse como un retorno romántico o nostálgico al pasado, sino como una apuesta analítica y pragmática por el futuro. Los jóvenes que hoy cultivan la papa nativa en los fríos altiplanos de Túquerres o el café de especialidad en las laderas de Sandoná no lo hacen con las mismas herramientas de sus abuelos. Han integrado la tecnología al surco con naturalidad.
Utilizan aplicaciones para monitorear variables climáticas, comercializan sus cosechas directamente a través de plataformas digitales y transforman la materia prima en productos con alto valor agregado. Entienden, con una claridad crítica, que la agricultura de mera subsistencia ya no es suficiente para competir en un mercado que exige calidad, trazabilidad y, sobre todo, sostenibilidad ambiental. Esta transformación digital del campo es, en esencia, un acto de resistencia cultural y económica.
No obstante, es imperativo ejercer una crítica constructiva frente a la mirada urbana que aún subestima este fenómeno transformador. A menudo, desde las oficinas, los medios o las aulas, se tiende a idealizar o, peor aún, a ignorar el esfuerzo rural cotidiano. La realidad es que la verdadera innovación en Colombia no siempre lleva corbata ni sucede en un laboratorio aséptico; muchas veces sucede con las botas embarradas, fusionando el conocimiento ancestral de los pueblos Pastos y Quillacingas con modernas prácticas de agricultura regenerativa. Estos jóvenes no solo cultivan alimentos; cultivan territorio, protegen las microcuencas hídricas y sostienen el frágil tejido social de veredas que, de otro modo, estarían condenadas al olvido y al abandono.
El desafío, entonces, trasciende al propio productor agropecuario. Como sociedad nariñense y colombiana, nos corresponde dejar de ver el campo como un simple museo folclórico o una despensa infinita, para reconocerlo como un ecosistema vivo de innovación y resiliencia. Apoyar a estos jóvenes no es un acto de caridad, sino una inversión estratégica en la soberanía alimentaria y la identidad cultural de nuestra región. Al final, la verdadera riqueza de Nariño no reside únicamente en sus paisajes majestuosos, sino en la valentía de quienes, con las manos en la tierra y la mirada en el horizonte, nos demuestran cada día que la tradición no es la adoración de las cenizas, sino la valiente y constante transmisión del fuego.
Por: Javier Recalde Martínez.


