Por: Alina Constanza Silva
En la era digital, donde cada palabra se multiplica como eco en un cañón sin fondo, los errores ya no se corrigen: se castigan con saña. La más reciente polémica surgió a raíz de un video en vivo protagonizado por dos estudiantes de la Universidad Cooperativa. En él, tras recibir un comentario ofensivo por parte de un estudiante de la Universidad de Nariño —quien las llamó “brutas” por no estudiar en una universidad pública—, ellas respondieron con una frase desafortunada, relacionada con la pobreza y el ejercicio profesional.
Las redes no tardaron en explotar. La viralización fue inmediata, los juicios sumarios también. Las consecuencias: una suspendida por una semana, la otra expulsada de la carrera. Un castigo severo, desproporcionado, y —más preocupante aún— acompañado de una oleada de acoso que no se detuvo ni con la intervención de autoridades ni con el paso de los días.
No estoy diciendo que su respuesta haya sido acertada. No lo fue. Pero, ¿realmente merecían ese nivel de escarnio? ¿Eran necesarias las sanciones más duras que cualquier tribunal ético haya aplicado en años? Mientras tanto, estudiantes de otras instituciones que han cometido actos mucho más graves —quema de buses, bloqueo de vías, destrucción de bienes públicos— siguen sin enfrentar consecuencias claras ni disciplinarias ni sociales.
Aquí lo que se castigó no fue un comentario clasista, fue el error de dos jóvenes que no midieron sus palabras en medio de una provocación. Y lo más grave no vino solo de las instituciones: vino de todos nosotros, los que fuimos espectadores pasivos de su linchamiento digital, los que compartimos el video, los que nos unimos a la indignación sin pensar, sin matizar, sin detenernos un segundo a considerar el daño real que estábamos haciendo.
Y mientras tanto, ¿quién piensa hoy en esa joven que, por su inmadurez, por su falta de filtros y por una educación emocional que nadie le ha enseñado, atraviesa sola el desprecio masivo, el señalamiento colectivo, la etiqueta de “clasista” que marcará su vida como una cicatriz pública? Nadie. Porque cuando la furia se apaga, lo único que queda es el silencio incómodo, la salud mental rota y el olvido. Ni las instituciones, ni los medios, que se sumaron a la condena han tenido la decencia de preguntarse por el impacto emocional de una decisión que pudo resolverse con pedagogía, no con castigo ejemplarizante.
Lo que comenzó como una discusión desafortunada escaló a una persecución que tuvo el aval de muchos. Y lo que podría haber sido una oportunidad de aprendizaje, se convirtió en una lección de crueldad colectiva.
No se trata de defender lo indefendible, sino de poner el foco en lo que realmente importa: la proporcionalidad, la pedagogía, la humanidad. No hay crecimiento posible si cada error es sentenciado con la pena máxima. No hay formación integral si las universidades prefieren lavar sus manos para quedar bien en redes, en lugar de educar con justicia.
¿En qué momento permitimos que el castigo supliera a la reflexión? ¿Cuándo dejamos de ser sociedad y nos convertimos en tribunal?

