Por: Sofonías Rodríguez M.
Aunque mucha gente sigue confiando más en nombres o partidos que en otra cosa, a la hora de elegir sus senadores y representantes, pues salvo algunas excepciones, muchos padres de la patria desde hace tiempo no vienen cumpliendo un papel ajustado a las leyes constitucionales y al contrario continúan pecando reiteradamente en materia grave. ¿Es decir, el congreso cojea? cojea.
Comencemos diciendo que Colombia es uno de los países de América más políticos en donde las diferentes ideologías traen como rasgo casi que natural un inevitable gen de sectarismo y con ello, la apropiación o defensa de un partido cueste lo que cueste. No han sido suficientes ni estudios y ni grados. Lo importante para ellos es hacerse sentir ante los demás.
Da la impresión que una vez elegidos en lugar de estudiar leyes, política y servicio a la comunidad, se especializan en llevarle la contraria a sus adversarios, pero no con argumentos ni con el ánimo de construir, sino más bien imbuidos por sus compañeros de bancada para impedir la aprobación de proyectos.
En nuestra Colombia tomando como punto de referencia una veintena de años hacia acá desde cuando imponen sus caprichos de dos colectividades, el congreso se ha convertido en un campo de batalla en donde sólo se saca a relucir más que ideas, insultos al por mayor y hasta agresiones físicas que deja mal parada a la corporación.
«Hoy la lealtad pasa a un segundo plano y ya no importa ni la historia, ni las doctrinas ideológicas. Hasta eso hemos llegado. Esa es para todos una innegable realidad que no la podemos esconder ante los ojos del mundo”.
Si estando en el mando unos (que todos saben) los opositores obran en contra de cualquier iniciativa. Lo importante para sus dirigentes ha sido es obstruir lo que en proyectos de ley sin importar sus beneficios. Y si el mando es con los otros, sus contrarios tratan al máximo de irse en contra y de nada aceptar sólo ahondar sus cuestionamientos, sólo por generar caos. ¿Será que Colombia sigue atada a un par de fuerzas?
Desde hace años las famosas coaliciones se dan bajo ciertos beneficios como cargos públicos u otro tipo de dádivas. Hoy la lealtad pasa a un segundo plano y ya no importa ni la historia, ni las doctrinas ideológicas. Hasta eso hemos llegado. Esa es para todos una innegable realidad que no la podemos esconder ante los ojos del mundo-
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¿A todas estas, el pueblo elector cómo queda? ¿Será que estamos llevando al congreso gente que ningún favor le está haciendo la comunidad y que, en lugar de ser los voceros, son físicos portadores de una falsa democracia en donde las propuestas de construir sociedad pasan a un segundo o tercer plano en donde sus grotescas actitudes son las más válidas?
Y pensar que la clase política todavía habla de democracia, de bendita democracia. ¡Qué tristeza!!!

